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La vida no necesita ser redefinida para ser defendida

  • Bioética y naturaleza humana, una cuestión pendiente. La vida humana nunca necesitó de nuevos lenguajes para ser defendida: bastaba la recta razón, el sentido común y la ley natural. Allí donde éstos se pierden, ninguna “bioética” podrá sustituirlos. 



Por Q.B.C. Guadalupe Montenegro Camacho


Hoy en día se habla con frecuencia de bioética, pero ¿qué es realmente? Se ha convertido en una de las principales formas de abordar la defensa de la vida. Incluso en ámbitos católicos se recurre a ella como instrumento para argumentar, dialogar y promover la dignidad humana. Sin embargo, antes de asumirla como un lenguaje propio, conviene detenerse y preguntarnos sobre qué fundamentos se sostiene.


La bioética nació en la segunda mitad del siglo XX, en un contexto marcado por el rápido avance de la ciencia y la tecnología, especialmente en el ámbito médico. Surgió como un campo de reflexión interdisciplinario aplicado a la vida y la medicina. El término fue propuesto por el científico Van Rensselaer Potter alrededor de 1970, quien buscaba crear una nueva forma de conocimiento que uniera la ciencia con los valores humanos, con el fin de orientar el uso del saber hacia el bienestar y la supervivencia de la humanidad. En su planteamiento original, la bioética debía ser una “ciencia de la supervivencia” que ofreciera una guía para enfrentar la crisis global provocada por el uso desorientado del conocimiento científico (Quintanas, 2009, p. 2).


Desde su propio origen, la bioética no fue configurada como una prolongación de la ética clásica, sino como un intento de construir una “nueva sabiduría” capaz de orientar el uso del conocimiento científico en un mundo culturalmente fragmentado. En el contexto posterior a la Segunda Guerra Mundial, donde se buscaba establecer marcos de protección para la dignidad humana, esta disciplina tenía la intención de integrar ciencia y valores, pero sin anclarse en una concepción objetiva de la naturaleza humana (Potter, 1971, en Quintanas, 2009).


Con el paso del tiempo, fue reduciéndose principalmente al ámbito clínico, enfocándose en la resolución de dilemas concretos mediante principios como la autonomía, la beneficencia, la no maleficencia y la justicia. Este enfoque implicó dejar en segundo plano su pretensión inicial de integrar ciencia, valores y una visión global del ser humano, para convertirse en una forma de deliberación centrada en procedimientos y consensos que, al carecer de un fundamento antropológico claro, corre el riesgo de convertirse en un verdadero simulacro de ética.


A diferencia de la tradición filosófica, que entendía la ética como una reflexión sobre el bien humano conforme a lo que el hombre es, la bioética moderna se desarrolla en un horizonte marcado por el pluralismo moral. En este contexto, más que fundamentarse en una verdad sobre el ser humano, se orienta a la gestión de conflictos entre distintas posturas, lo que implica, en muchos casos, dejar en suspenso —o evitar deliberadamente— la pregunta fundamental: ¿qué es el hombre?


Sin embargo, toda ética presupone una determinada comprensión del hombre. Conceptos como dignidad, autonomía o bien del paciente no pueden sostenerse en el vacío; requieren un fundamento antropológico que les otorgue sentido. Como enseña Santo Tomás de Aquino, “el bien del hombre consiste en vivir conforme a la razón” (S. Th., I-II, q. 94, a. 2), lo cual presupone una naturaleza humana ordenada a la verdad y al bien. Cuando este fundamento no se explicita, los principios permanecen, pero su contenido se vuelve inestable.


El resultado es una fragilidad conceptual. La dignidad deja de entenderse como algo inherente al ser y pasa a depender de condiciones funcionales: la capacidad de razonar, de decidir o de interactuar. De este modo, el valor de la vida humana se vuelve condicional: ya no se afirma por lo que el hombre es, sino por lo que puede hacer. En contraste, la doctrina católica afirma que “la dignidad de la persona humana se fundamenta en su creación a imagen y semejanza de Dios” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1700), y por tanto no depende de cualidades accidentales.


En este contexto, el lenguaje bioético —que apela constantemente a la dignidad, los derechos y la autonomía— adquiere un carácter ambiguo. Bajo las mismas categorías que parecen defender la vida, se introducen criterios que permiten justificar su eliminación en determinadas circunstancias: cuando falta la conciencia, cuando la calidad de vida se considera insuficiente o cuando la autonomía se interpreta como facultad absoluta de disponer de la propia existencia.


Es aquí donde emerge el riesgo de que la bioética funcione como un verdadero “caballo de Troya”. No porque su intención explícita sea contraria a la vida, sino porque, al carecer de un fundamento antropológico claro, puede ser utilizada para legitimar prácticas que contradicen la dignidad humana que pretende proteger. Como advierte la tradición crítica recogida en la revista Verbo, la separación entre “hombre” y “persona” permite que la dignidad deje de ser ontológica y se convierta en algo dependiente de funciones o reconocimientos externos (Fundación Speiro, 2015).


Incluso las propuestas denominadas “bioética personalista”, que buscan recuperar la centralidad de la persona y su dignidad, enfrentan una dificultad estructural. Al desarrollarse dentro de un campo configurado por el pluralismo moral, corren el riesgo de quedar reducidas a una posición más entre otras, sin poder afirmar plenamente la verdad sobre el hombre como fundamento objetivo.


La dignidad humana no depende de funciones ni de consensos, sino de lo que el hombre es en su ser más profundo. El ser humano es una naturaleza racional, creada a imagen de Dios, dotada de inteligencia y voluntad, y ordenada a la verdad y al bien (S. Th., I, q. 93, a. 4). Esta dignidad no se pierde con la enfermedad, la debilidad o la falta de autonomía, porque no radica en el ejercicio de las facultades, sino en la naturaleza misma del sujeto.


Desde esta visión, la vida humana posee un valor intrínseco que no puede ser sometido a cálculo ni a negociación. Como enseña el Magisterio de la iglesia: “la vida humana es sagrada porque desde su inicio comporta la acción creadora de Dios” (Evangelium Vitae, n. 53). El fin de la ética no consiste en equilibrar intereses en conflicto, sino en reconocer y respetar el bien objetivo del hombre. En su sentido primigenio, la ética no es un ejercicio de negociación, sino la ciencia que estudia la moral, entendida como el orden del bien y del mal inscrito en la naturaleza humana y por tanto independiente del consenso.


No se puede defender la vida desde un marco que niega la posibilidad de una verdad moral. Como enseña Santo Tomás, la ley moral se funda en esa naturaleza y en la razón que la conoce (S. Th., I-II, q. 94, a. 2). Por ello, no es posible afirmar que existen múltiples verdades morales, sino una sola verdad que puede ser conocida o negada. Cuando la bioética se construye sobre el pluralismo, la verdad queda reducida a opinión, y en ese terreno, la vida humana deja de ser un bien inviolable para convertirse en un valor negociable.


Por ello, los católicos no estamos llamados a ser una voz más dentro del pluralismo bioético, sino a custodiar una verdad que no depende del consenso. La vida humana nunca necesitó de nuevos lenguajes para ser defendida: bastaba la recta razón, el sentido común y la ley natural. Allí donde estos se pierden, ninguna “bioética” podrá sustituirlos. La vida no necesita ser redefinida para ser defendida, sino reconocida por lo que es.


 
 
 

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