La Resurrección del Señor, Nuestra Esperanza
- P. José Ansaldi, OSE
- hace 20 horas
- 4 Min. de lectura
El anuncio de la resurrección del Señor ilumina las zonas de sombra del mundo en el que vivimos. Si quitamos a Cristo y su resurrección, no hay salida para el hombre y toda esperanza permanece como una ilusión.

Por P. José Ansaldi, OSE
San Agustín nos dice, de manera muy sintética, qué significado tiene la Pascua para nosotros: «Resurrectio Domini, spes nostra – La Resurrección del Señor es nuestra esperanza» (Sermón 261, 1). Con esta afirmación, el gran Obispo explicaba a sus fieles que Jesús ha resucitado para que nosotros, destinados a morir, no desesperemos pensando que con la muerte la vida termina totalmente; Cristo ha resucitado para darnos la esperanza.
En efecto, una de las preguntas que más angustia causa en la existencia del hombre es precisamente ésta: ¿qué hay después de la muerte? A este enigma, la solemnidad de este día nos permite responder que la muerte no tiene la última palabra, porque, al final, es Cristo quien triunfa. Y esta certeza que tenemos no se apoya en simples razonamientos humanos, sino en un hecho histórico de fe: Jesucristo, crucificado y sepultado, ha resucitado con su cuerpo glorioso. Jesús ha resucitado para que también nosotros, creyendo en Él, podamos tener la vida eterna. Este anuncio está en el corazón del mensaje evangélico. San Pablo lo declara con fuerza: «Si Cristo no ha resucitado, nuestro mensaje es vano y vuestra fe es vana». Y añade: «Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo solo para esta vida, somos los más dignos de compasión de todos los hombres» (1 Co 15, 14.19).
Desde la aurora de Pascua, una nueva primavera de esperanza invade el mundo; desde ese día, nuestra resurrección ya ha comenzado, porque la Pascua no indica simplemente un momento de la historia, sino el inicio de una condición nueva: Jesús ha resucitado, no para que su memoria permanezca viva en el corazón de sus discípulos, sino para que Él mismo viva en nosotros y, en Él, ya podamos gustar una participación de la alegría de la vida eterna.
La resurrección no es, por tanto, una teoría, sino una realidad histórica revelada por el Hombre-Dios Jesucristo a través de su «pascua», su «paso» que ha abierto un «camino nuevo» entre la tierra y el Cielo (cf. Hb 10, 20). No es un mito, ni un sueño, no es una visión, ni una utopía, no es una fábula, sino un acontecimiento único y definitivo: Jesús de Nazaret, hijo de María, que en la tarde del Viernes Santo fue bajado de la Cruz y puesto en el sepulcro, salió victorioso, vivo, radiante de ese mismo sepulcro. En efecto, al amanecer del primer día después del sábado, Pedro y Juan encontraron el sepulcro vacío. Magdalena y las otras mujeres se encontraron con Jesús resucitado; también fue reconocido por los dos discípulos de Emaús en la fracción del pan; el Resucitado se apareció a los Apóstoles al atardecer en el Cenáculo y después a muchos otros discípulos en Galilea.
El anuncio de la resurrección del Señor ilumina las zonas de sombra del mundo en el que vivimos. Si quitamos a Cristo y su resurrección, no hay salida para el hombre y toda esperanza permanece como una ilusión. Pero precisamente hoy resuena con fuerza el anuncio de la resurrección del Señor: «La muerte y la vida se enfrentaron / en un duelo prodigioso: / el Príncipe de la vida murió; / vivo, Él reina» (Secuencia pascual). ¡He aquí la novedad que nos trae la resurrección de Jesús! Es una novedad que cambia la existencia de quien la acoge, como se ve en los santos. Esto es lo que le ocurrió, por ejemplo, a San Pablo.
Saulo de Tarso, el perseguidor encarnizado de los cristianos, se encontró con Cristo resucitado en el camino de Damasco y fue «conquistado» por Él. El resto nos es bien conocido. Le sucedió a Pablo lo que más tarde escribiría a los cristianos de Corinto: «Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva. Lo antiguo ha pasado, ya ha nacido un mundo nuevo» (2 Co 5, 17). Y más aún: «Vivo, pero ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20). La resurrección no ha pasado, la resurrección nos ha alcanzado y nos ha tomado. Nosotros nos aferramos a ella, es decir, a Cristo resucitado, y sabemos que Él nos sostiene firmemente, incluso cuando nuestras manos se debilitan. Soy yo, pero ya no soy yo: he aquí la fórmula de la existencia cristiana dentro del tiempo. Soy yo, pero ya no soy yo: es Cristo. Si vivimos de esta manera, se transformará el mundo.
Sí, es cierto que la muerte ya no tiene ningún poder sobre el hombre y sobre el mundo, sin embargo todavía subsisten muchos, demasiados signos de su antiguo dominio. Si con la Pascua Cristo arrancó la raíz del mal, necesita no obstante de hombres y mujeres que en todos los tiempos y lugares lo ayuden a afirmar su victoria con las mismas armas que Él usó: las armas de la justicia y de la verdad, de la misericordia, del perdón y del amor.
¡Resurrectio Domini, spes nostra! ¡La resurrección de Cristo es nuestra esperanza!
Esto es lo que la Iglesia proclama con alegría: anuncia la esperanza que Dios ha hecho firme e invencible resucitando a Jesucristo de entre los muertos; comunica la esperanza que lleva en su corazón y quiere compartir con todos, en todas partes, especialmente allí donde los cristianos sufren persecución a causa de su fe y de su compromiso por la justicia y por la paz; invoca la Iglesia la esperanza capaz de suscitar el valor para el bien, también y sobre todo cuando este es costoso. Hoy la Iglesia canta «el día que el Señor ha hecho» e invita a la alegría. Hoy la Iglesia ora, invoca a María, Estrella de la esperanza, para que guíe a la humanidad hacia el puerto seguro de la salvación, que es el Corazón de Cristo, la Víctima pascual, el Cordero que «ha redimido al mundo», el Inocente que «nos ha reconciliado, a nosotros pecadores, con el Padre».
Déjense transformar interiormente por Jesús resucitado. A Él, el Rey vencedor, a Él, el Crucificado y el Resucitado, le gritamos con alegría nuestro ¡Aleluya!





Comentarios