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La Heroica Asistencia a Misa en Tiempos de Persecución

  • Debemos agradecer el gran privilegio que tenemos de poder asistir al Santo Sacrificio de la Misa, mientras que en otros lugares u otros tiempos había que arriesgar la vida para ello.



Por P. Daniel Heenan, FSSP


En una entrevista sobre las dificultades que a veces encuentra la gente para asistir a una Misa celebrada con la debida devoción, el P. Federico Highton comentó que muchas veces, cuando hay crisis, se exige una respuesta heroica por parte de los fieles. Contó la historia de un hombre que vivía en una tierra de persecución donde era muy difícil encontrar una Misa. Este hombre caminaba diez horas cada domingo para poder asistir al Santo Sacrificio.


Esto me hizo pensar en un libro muy interesante que hace poco empecé a leer: Ireland’s Loyalty to the Mass, del Padre Augustine Hayden, O.M.Cap., que cuenta muchos ejemplos extraordinarios de la devoción del pueblo irlandés al Santo Sacrificio de la Misa. Comparto algunos de ellos, no solamente porque tengo ascendencia irlandesa, sino también porque recientemente celebramos la fiesta de San Patricio, el apóstol de esa tierra.


Cuando nos da flojera ir hasta el centro para la Santa Misa o buscamos pretextos para faltar, debemos meditar estos ejemplos.


El autor cuenta la historia de la persecución de la Misa en Irlanda durante muchos siglos. Hubo un tiempo en que la Misa estaba totalmente prohibida. En aquellos años había gente que salía de su casa el domingo y caminaba de pueblo en pueblo, esperando encontrar algún sacerdote que estuviera celebrando Misa. Muchos no descansaban hasta encontrar una, para no dejar de cumplir el precepto.


Hayden relata un incidente ocurrido durante la época de las Leyes Penales, cuando un sacerdote celebraba Misa en secreto en una remota Piedra de Misa durante el invierno. Una anciana llegó tarde, agotada. Había caminado muchos kilómetros antes del amanecer, atravesando una profunda helada.


Cuando alguien comentó lo duro que había sido el camino, ella respondió con calma que perderse la Misa habría sido mucho más duro. Ella dijo:

«¿Qué es un poco de frío una mañana cuando Nuestro Señor sufrió tanto por nosotros?».


En otro relato se cuenta que unos soldados se acercaban a una Misa celebrada en secreto. Los vigías advirtieron a los fieles. El instinto natural habría sido huir inmediatamente; sin embargo, ocurrió algo más ordenado. La gente formó un círculo alrededor del sacerdote.


El sacerdote continuó la Misa hasta la consagración. Solo después de consumir las Sagradas Especies se dispersaron. Hayden destaca un detalle llamativo: los fieles comprendieron que el sacrificio de la Misa no podía abandonarse a mitad de camino. (¿No dan ganas de ser acomodador en la Santa Misa?)


A menudo se utilizaba a los niños como vigías.


En una historia, un niño pequeño fue capturado por soldados que sospechaban que los había estado vigilando durante la Misa. Le exigieron que dijera adónde había ido el sacerdote. El niño se negó a responder.


Lo golpearon repetidamente, pero no habló. Finalmente los soldados abandonaron el intento.


Hayden presenta esta historia como una pequeña forma de martirio: la lealtad instintiva incluso de los miembros más jóvenes de la comunidad.


En una región del oeste de Irlanda se celebraba la Misa en una Piedra de Misa oculta en un valle. Durante la consagración apareció un destacamento de soldados. 


Los fieles comenzaron a dispersarse, pero una mujer anciana permaneció arrodillada delante del sacerdote. Cuando los soldados se acercaron, se colocó delante de él para impedir que lo vieran.


El sacerdote logró escapar por un sendero entre los arbustos mientras la mujer fingía rezar como si estuviera sola. Cuando los soldados le preguntaron qué hacía allí, respondió simplemente:

«Estoy hablando con Dios. ¿También eso está prohibido?»


Los soldados se marcharon sin encontrar al sacerdote.


En otro relato, un sacerdote estaba enfermo y débil, pero los fieles de una región aislada llevaban meses sin Misa.


Un campesino caminó varias horas hasta encontrarlo y le rogó que fuera a celebrar la Misa. El sacerdote respondió que no tenía fuerzas para caminar esa distancia. El campesino le dijo que no importaba.


Lo cargó sobre sus hombros durante kilómetros, atravesando campos y colinas, para que pudiera celebrar la Misa para el pueblo.


Hayden presenta este episodio como una imagen casi literal del Evangelio: el pueblo llevando al sacerdote para que el sacrificio de Cristo pudiera celebrarse.


Otro episodio que Hayden subraya con particular fuerza relata que durante una Misa clandestina los fieles vieron acercarse a los soldados.


Los hombres empezaron a suplicar al sacerdote que huyera inmediatamente. El sacerdote respondió que no podía hacerlo. La consagración ya había comenzado.


Continuó el Canon con calma hasta completar el sacrificio. Solo después de consumir las Sagradas Especies se levantó y escapó por el bosque mientras los fieles dispersaban a los soldados.


En una zona particularmente vigilada, los soldados destruían repetidamente el altar improvisado donde se celebraba la Misa. Cada vez que lo destruían, los fieles volvían a levantarlo.


Esto ocurrió tantas veces que finalmente los soldados dejaron de molestarse. La comunidad había dejado claro algo: podían destruir piedras, pero no podían destruir la Misa.


La historia de estas persecuciones no es solamente una serie de anécdotas aisladas. También dio origen a verdaderos mártires de la Misa.


Uno de los más conocidos fue San Oliver Plunkett, arzobispo de Armagh. Durante las persecuciones bajo Carlos II vivía prácticamente como un fugitivo en Irlanda. No podía residir en su sede ni celebrar públicamente. Por eso recorría el país celebrando la Misa clandestinamente en casas, granjas y lugares ocultos. En uno de sus informes a Roma describe cómo ordenaba sacerdotes en secreto, confirmaba a miles de fieles y celebraba la Misa continuamente en lugares escondidos para mantener viva la vida sacramental de la Iglesia.


Finalmente fue arrestado y llevado a Londres. El juicio fue una farsa: los testigos eran falsos. Fue condenado a muerte por alta traición. En realidad, su “crimen” era haber mantenido la vida sacramental de la Iglesia en Irlanda. Fue ejecutado en Tyburn en 1681. Antes de morir declaró:


«Soy inocente de cualquier crimen contra el rey; muero únicamente por mi fe católica».


Otro ejemplo impresionante es el de Monseñor Dermot O’Hurley, arzobispo de Cashel. Su ministerio se desarrolló en medio del intento sistemático del gobierno de Isabel I de destruir la vida sacramental de la Iglesia en Irlanda. O’Hurley regresó a su patria en 1583 sabiendo perfectamente que su condición de obispo lo convertía en un objetivo inmediato del gobierno inglés. Durante aproximadamente un año ejerció su ministerio en total clandestinidad, moviéndose constantemente entre casas de familias católicas que lo protegían. No podía residir en su sede ni aparecer públicamente como obispo.


Su trabajo consistía en asegurar que la vida sacramental continuara: ordenaba sacerdotes para que la Misa no desapareciera, confirmaba a los fieles que durante años no habían recibido ese sacramento, organizaba al clero clandestino y celebraba la Misa en secreto en casas rurales y lugares apartados.


Finalmente fue traicionado y arrestado cerca de Dublín en 1584. Las autoridades intentaron obligarlo a reconocer a Isabel I como cabeza de la Iglesia y a negar la autoridad del Papa. Si lo hubiera hecho, habría salvado la vida. Se negó.


Entonces lo sometieron a una tortura brutal: colocaron sus piernas dentro de botas metálicas llenas de aceite hirviendo y encendieron fuego por debajo. A pesar del dolor extremo, no cedió. Cuando los interrogadores comprendieron que no obtendrían ninguna retractación, fue condenado a muerte. El 20 de junio de 1584 fue llevado fuera de Dublín, a Hoggen Green (la actual zona de College Green), donde fue colgado públicamente. Antes de morir declaró que nunca había conspirado contra la reina y que moría únicamente por su fe católica.


Su martirio tenía un significado muy claro: eliminar a los obispos significaba intentar cortar la sucesión apostólica y, en consecuencia, destruir la Misa.


El Padre Hayden observa además un detalle muy interesante que todavía puede verse hoy en Irlanda. Muchos lugares conservan en sus nombres un recuerdo de aquellos tiempos de persecución. Existen colinas, valles y parajes que aún hoy se identifican con la celebración clandestina de la Misa. En inglés a menudo se llaman “Mass Rock” o “Mass Hill”, pero en el antiguo gaélico irlandés aparecen con nombres como Carraig an Aifrinn, que significa “la roca de la Misa”, o Cnoc an Aifrinn, que significa “la colina de la Misa”. En algunos lugares también aparece el nombre Páirc an Aifrinn, que puede traducirse como “el campo de la Misa”. Estos nombres quedaron grabados en el paisaje como una memoria histórica: lugares donde generaciones enteras de católicos arriesgaron la vida para participar en el Santo Sacrificio.


Hay muchos más ejemplos, no solamente en Irlanda, sino en muchas otras partes del mundo, incluyendo — por supuesto — aquí en México.


En esta Cuaresma, cuando recordamos el sacrificio de Cristo, debemos reconocer el gran privilegio que tenemos de poder asistir — incluso diariamente — al mismo sacrificio del Calvario, ofrecido de manera incruenta en cada celebración del Santo Sacrificio de la Misa.


Reconocer esta realidad debería impulsarnos incluso a hacer grandes sacrificios para poder estar presentes en la Santa Misa.


 
 
 

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