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En Defensa del Misterio de la Santísima Trinidad

Es un gran reto para el católico de hoy no caer en los errores que se difunden sobre este misterio; pero más aún el vivir y proteger la fe que antes fue resguardada hasta con la propia vida.



Por P. Jorge Hidalgo


Así como yo no estoy obligado a revelar cosas internas de mi casa, puesto que tengo derecho a mi intimidad; cuanto más corresponde esa privacidad a Dios. La creatura no tiene derecho a conocer el misterio divino.


Podemos conocer que Dios existe y podemos conocer algunos atributos de Dios, como por ejemplo que es Creador y el Señor del Cosmos; podemos conocer que Dios es el fin del hombre, pero no tenemos derecho a conocer el misterio propio de Dios, que es el misterio de la Santísima Trinidad.


A la Iglesia le llevó siglos elaborar un credo y muchos más siglos defender el misterio. Hoy quiero recordar un credo antiguo de la Iglesia que lamentablemente ya casi no se conoce. Se llama Credo o Símbolo de la Fe y es el resumen de la fe que profesamos.


El Símbolo Quicumque Vult tiene dos partes, la primera se refiere a la Santísima Trinidad y es mucho más extenso en esta parte que todos los otros credos que conocemos; y la segunda parte se refiere a la obra del Verbo Encarnado. Reza así:


  1. Todo el que quiera salvarse, es preciso ante todo que profese la fe católica.

  2. Pues quien no la observe íntegra y sin tacha, sin duda alguna perecerá eternamente.

  3. Y ésta es la fe católica: que veneremos a un solo Dios en la Trinidad Santísima y a la Trinidad en la unidad.

  4. Sin confundir las personas, ni separar la substancia.

  5. Porque una es la persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo.

  6. Pero el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una sola divinidad, les corresponde igual gloria y majestad eterna.

  7. Cual es el Padre, tal es el Hijo, tal el Espíritu Santo.

  8. Increado el Padre, increado el Hijo, increado el Espíritu Santo.

  9. Inmenso el Padre, inmenso el Hijo, inmenso el Espíritu Santo.

  10. Eterno el Padre, eterno el Hijo, eterno el Espíritu Santo.

  11. Y sin embargo no son tres eternos, sino un solo eterno.

  12. De la misma manera, no tres increados, ni tres inmensos, sino un increado y un inmenso.

  13. Igualmente omnipotente el Padre, omnipotente el Hijo, omnipotente el Espíritu Santo.

  14. Y, sin embargo, no tres omnipotentes, sino un omnipotente.

  15. Del mismo modo, el Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios.

  16. Y, sin embargo, no son tres Dioses, sino un solo Dios.

  17. Así el Padre es Señor, el Hijo es Señor, el Espíritu Santo es Señor.

  18. Y, sin embargo, no son tres Señores, sino un solo Señor.

  19. Porque así como la verdad cristiana nos obliga a creer que cada persona es Dios y Señor, la religión católica nos prohíbe que hablemos de tres Dioses o Señores.

  20. El Padre no ha sido hecho por nadie, ni creado, ni engendrado.

  21. El Hijo procede solamente del Padre, no hecho, ni creado, sino engendrado.

  22. El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, no hecho, ni creado, ni engendrado, sino procedente.

  23. Por tanto hay un solo Padre, no tres Padres; un Hijo, no tres Hijos; un Espíritu Santo, no tres Espíritus Santos.

  24. Y en esta Trinidad nada hay anterior o posterior, nada mayor o menor: pues las tres personas son coeternas e iguales entre sí.

  25. De tal manera que, como ya se ha dicho antes, hemos de venerar la unidad en la Trinidad y la Trinidad en la unidad.

  26. Por tanto, quien quiera salvarse es necesario que crea estas cosas sobre la Trinidad.

  27. Pero para alcanzar la salvación eterna es preciso también creer firmemente en la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo.

  28. La fe verdadera consiste en que creamos y confesemos que Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios y Hombre.

  29. Es Dios, engendrado de la misma substancia que el Padre, antes del tiempo; y hombre, engendrado de la substancia de su Madre Santísima en el tiempo.

  30. Perfecto Dios y perfecto hombre: que subsiste con alma racional y carne humana.

  31. Es igual al Padre según la divinidad; menor que el Padre según la humanidad.

  32. El cual, aunque es Dios y hombre, no son dos cristos, sino un solo Cristo.

  33. Uno, no por conversión de la divinidad en cuerpo, sino por asunción de la humanidad en Dios.

  34. Uno absolutamente, no por confusión de substancia, sino en la unidad de la persona.

  35. Pues como el alma racional y el cuerpo forman un hombre; así, Cristo es uno, siendo Dios y hombre.

  36. Que padeció por nuestra salvación: descendió a los infiernos y al tercer día resucitó de entre los muertos.

  37. Subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso: desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.

  38. Y cuando venga, todos los hombres resucitarán con sus cuerpos, y cada uno rendirá cuentas de sus propios hechos.

  39. Y los que hicieron el bien gozarán de vida eterna, pero los que hicieron el mal irán al fuego eterno.

  40. Ésta es la fe católica, y quien no la crea fiel y firmemente no se podrá salvar.

 

Las verdades por las que vale la pena morir


Hasta ahí lo que dice el Credo, del que se puede profundizar mucho, pero en esta ocasión puntualizamos solo algunas ideas.

En todo lo que se refiere a la esencia divina hace referencia a que es Uno, por eso dice que Dios es increado, inmenso, eterno, omnipotente; y todo eso le corresponde a la sustancia divina, por eso Dios es único.


Pero, aunque Dios es único, no es solitario, y por esa razón, la distinción que hay entre las tres divinas personas es una distinción de relación: Uno es el que engendra y otro es el engendrado;  hay dos que proceden del Padre: el Hijo y el Espíritu Santo; hay tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; hay cuatro relaciones: la paternidad, la filiación, la espiración activa y la espiración pasiva; y mucho más.


Todo eso es lo que ocurre en el misterio de la Santísima Trinidad y distinguiendo a las tres divinas personas, dice este Credo: el Padre no ha sido hecho por nadie, ni creado ni engendrado, porque Él es el principio sin principio. El Hijo procede solamente del Padre, no hecho ni creado, porque el mundo visible es creado de la nada, en cambio el Hijo es engendrado. Y esto se dice en contra de los arrianos que decían que Nuestro Señor Jesucristo era la primera creatura creada.


La siguiente afirmación sobre el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, distingue a los católicos de los ortodoxos no católicos que se separaron de la Iglesia por este tema. Primero Focio en el siglo IX y después Miguel Cerulario en el año 1054, formaron las iglesias de oriente que dicen que el Espíritu Santo procede del Padre y no del Hijo, porque en realidad esta partícula del Hijo, del Credo de Nicea - Constantinopla, Filioque fue agregada en Occidente; y como no querían reconocer el primado del Papa, por eso sostuvieron su afirmación errónea sobre la procedencia del Espíritu Santo.


San Agustín, Santo Tomás y otros teólogos dicen que el Hijo procede del Padre por conocimiento y todas las cosas que se atribuyen al Hijo son la Palabra, Verbo y Sabiduría, Imagen; en cambio, el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo por amor y por esa razón el Espíritu Santo es el amor entre el Padre y el Hijo y en el orden de lo creado le atribuimos la santificación, entonces todo lo que se refiere al amor es propio del Espíritu Santo.


Los cristianos eran capaces de morir antes de agregar una iota, una coma a la ley; “los cristianos eran capaces de morir por defender esta fe – decía Jacques Maritain, cuando tenía buen sentido- eran capaces de ir al destierro.”


De hecho, a este Credo se le conoció como atanasiano porque san Atanasio fue desterrado cinco veces, vivió casi 20 años fuera de su diócesis por defender la fe católica. Y su discípulo, San Basilio Magno, tardó mucho en elaborar la siguiente frase que ahora decimos en el catecismo: Tres personas distintas y un solo Dios verdadero. (μία ουσία, τρεις υποστάσεως). La compuso justamente en contra de los arrianos y de los macedonios. Los primeros negaban la divinidad del Hijo; los segundos, del Espíritu Santo.


Eso que antes fue defendido, nosotros también lo debemos defender. Por eso, lejos de nosotros pensar que todos le rezamos al mismo Dios. Hoy está de moda el sincretismo, la mezcla, el que cada uno le reza a Dios como quiere, que no importa lo que vos pienses de Dios, o la afirmación de algunos: “los cristianos, los musulmanes y los judíos creemos en el mismo Dios”. ¡Pamplinas! No es así, eso es falso.


Cuántos santos murieron por defender esta fe, cuántos estuvieron dispuestos al martirio, a la persecución y a todo, con tal de no cambiar nada de la fe católica.


Este credo dice tres veces: esta es la fe católica y quien no la profese de manera íntegra y total no podrá salvarse. No podrá salvarse. No debemos ceder ni un ápice, sino creer en lo que la Iglesia siempre ha creído y enseñado, en lo que los santos defendieron con su palabra, con su vida y muchos incluso con su sangre.

 

Saberlo porque se ha vivido


Tenemos que pedirle a Nuestra Señora que nos ayude a entrar en esta intimidad divina, porque hay cosas que se profesan por fe, pero si uno tuviera una vida íntima más profunda, estuviera en el estado místico de la vida interior y creería esto de modo experiencial.


Es el caso de Sor Isabel de la Trinidad, que era una monjita carmelita, muy santa pero iletrada. En una ocasión fue a su convento a predicar sobre la Trinidad un Sacerdote. Cuando terminó su charla ella pidió hablar con él y le dijo que le habían faltado muchas cosas por decir y le habló de todas esas cosas que ella sabía por experiencia, no por estudio, sino por amor.


Porque el amor hace que uno entienda a aquel que ama; eso lo vemos en Nuestra Señora.  Ella tuvo una intimidad exclusiva con Dios. La afinidad que Ella tuvo se parece a la del Padre, porque podía decirle al Hijo lo mismo que el Padre: Tú eres Mi Hijo, yo te he engendrado. La Virgen es Madre de Dios Hijo y por eso realmente es Madre de Dios; y es esposa del Espíritu Santo.


Que Ella nos ayude a que nosotros también defendamos esta fe con uñas, garras y dientes, que no caigamos en la idea de que no importa a quien le reces, “total, todo es lo mismo”. Eso no es así.


Que seamos católicos que conservemos íntegramente la fe que nos ha sido dada para que algún día lleguemos a la visión eterna del Cielo.


 
 
 

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