Un Buen día Para Confesarse
Nuevas aventuras apostólicas de un sacerdote Argentino.

Por P. Christian Viña
Dios, con “buen” o “mal” tiempo nos muestra, todo el tiempo, su Omnipotencia y Providencia. El Tiempo es de su absoluta propiedad. Y está en nosotros, con su gracia, administrar la parte que nos presta del mejor modo para su mayor gloria y nuestra propia santificación.
Sean cuales fuesen las condiciones meteorológicas, todo debe ser para ensalzar su Nombre. Por eso, en la Liturgia de las Horas (Breviario) rezamos frecuentemente el Cántico de las Criaturas (Dn 3, 57-88. 56); en el que decimos, entre otras plegarias: Sol y luna bendecid al Señor … Y, también, fríos y heladas, bendecid al Señor… O sea, más allá de las condiciones ambientales del momento, debemos alabar a Dios por lo que Él es. Y por cómo dispone, sabiamente, de sus criaturas.
Brotan, de cualquier modo, con más énfasis las palabras cuando, por ejemplo, el astro rey está a pleno…
Uno de los últimos días del invierno que acabamos de despedir, Dios quiso que, bajo un radiante cielo platense, con diferencia de minutos, volviese a conmoverme con sus impactantes regalos. En el hospital, a punto de concluir la recorrida diaria, escuché el grito desesperado de un muchacho en una de las galerías: ¡Padre! ¿Podrá darle los Sacramentos a mi papá, que se está despidiendo de nosotros? Raudamente, fui hacia la habitación junto al joven y encontré a Ricardo en los últimos momentos de su vida, rodeado de los abrazos y los llantos de sus tres hijos. Escena conmovedora, que iría in crescendo…
-Ricardo: soy el Padre Christian, voy a darte la Unción de los Enfermos y prepararte para el encuentro con el Señor.
-Gracias, Padre -contestó balbuceante- Hice la promesa al Sagrado Corazón de Jesús de los Nueve Primeros Viernes y sabía que Él no me dejaría partir sin el auxilio de la Iglesia. ¡Gracias!
Inmediatamente le administré el Sacramento estando él plenamente consciente. Con las pocas fuerzas que le quedaban rezó todas las oraciones. Y, al concluir, cerró los ojos y exclamó: “Es un adiós triste, pero me espera la mejor de todas las bienvenidas”. Falleció a los pocos minutos. El fidelísimo Señor del Universo había dispuesto todo según su Promesa.
Mientras regresaba a la parroquia, en plaza Olazábal, Dios quiso que encontrase a un médico a quien no veía desde hace más de un lustro. Y, por supuesto, el rencuentro fue bien intenso:
-¡Juan Carlos! ¡Tanto tiempo! ¿Cómo estás? ¿Cómo va tu relación con Dios?
-¡Padre! ¡Qué alegría! Estoy bien, con mucho trabajo, y viendo crecer a mis hijos…
-¿Y tu vida de fe cómo marcha? ¿Cuánto hace que no te confiesas y no vas a Misa?
-La verdad es que hace bastante. Mis hijos, que van a un colegio religioso, me están apurando para que lo haga…
-¡Ahora es así! Antes los padres nos traían a sus hijos a los sacerdotes para que los llevásemos a Dios. Ahora son los niños y jóvenes quienes nos traen a sus padres para que conozcan al Señor y vuelvan a la Iglesia…
-Me está interesando mucho la historia de la Iglesia, Padre. Especialmente, todo lo vinculado con los Templarios. De hecho, acabo de leer “Elogio de la nueva milicia”, de San Bernardo de Claraval.
-¡Felicitaciones, hijo! Dios quiera que ese fervor y esa pasión por Cristo y su amadísima Iglesia que tuvieron aquellos hermanos, desembarquen definitivamente en tu corazón. Eres un buen clínico y conoces, claro está, la importancia de los estudios de laboratorio, de las placas radiográficas, y ecografías, entre otros. Ahora te toca a vos: examen de conciencia, dolor de los pecados, confesión, propósito de enmienda, penitencia. ¡Y a volver a empezar! ¡No dejes para mañana –que tal vez sea nunca-, lo que puedes hacer hoy! ¡Y a confesarse y comulgar después de tanto tiempo!
-Está en mis planes, Padre. Creo que el retorno será muy pronto…
-¡Y aquí estaremos, como siempre, para volver a darte la bienvenida!
Bendición final, abrazo y regalo de rosario en la despedida. Había caminado tan solo unos pasos cuando el Señor me dio otra sorpresa:
-¡Padre! Leí que cumplió 50 años de periodista… ¡Es un milagro que siga siendo católico…!, disparó Matías, un simpático vendedor ambulante al que también hace mucho no veía.
-¡Sí, sigo siendo católico por pura gracia de Dios! Además, ahora, como sacerdote, el Señor me tiene “contratado” a tiempo completo para anunciar la Buena Noticia. Y estoy felicísimo de hacerlo. El rating ahora es bien distinto. No se trata de grandes números, sino de alma a alma. ¿Y vos, hijo? ¿Fuiste a Misa el domingo?
-Sí, padre. Y fue mi primera vez en años. Y vencí todos mis miedos, y volví a confesarme. Pensé que, a lo mejor, iba a necesitar varias horas… Pero fueron tan solo unos minutos. Recuerdo que usted me dijo que, si se llega al confesonario “con la tarea hecha”, o sea, con un buen examen de conciencia, y se habla con claridad y franqueza, todo es muy breve y, por supuesto, maravilloso. ¡Y así fue, Padre! ¡Siento que nací de nuevo!
-¡Gloria a Dios! Ahora, hijo, a perseverar y a no dejarse ganar por la rutina o la comodidad. Nunca mucho costó poco. Lo único fácil, como bien lo sabes, es el pecado. ¡El camino hacia el Cielo es en subida! ¡Ánimo! ¡Días gloriosos nos esperan!
Bendición, abrazo, regalo de rosario y despedida. Matías no quiso ocultar sus lágrimas. El Sol que nace de lo alto (Lc 1,78) siguió derramando, como siempre, su Luz. Para que podamos comprobar así, del mejor modo, por qué detrás de todas las puertas que se cierran, la Puerta (Jn 10, 9) siempre espera.






Comentarios