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Reflexionar Sobre el Misterio de la Cruz nos Perfecciona

  • Contemplemos el amor tan absoluto de parte de nuestro Salvador, que dio todo sin reserva para rescatar nuestras pobres e indignas almas.



Por P. Daniel Heenan, FSSP


Desde el pasado domingo de Pasión entramos al tiempo en que ponemos más nuestra mirada en lo que sufrió Cristo para redimirnos. Todos los santos han reconocido que la meditación de la Pasión de Cristo debe ser uno de nuestros ejercicios espirituales principales durante toda la vida. Un modo excelente para lograr esto es el rezo del vía crucis, pero no es la única manera. 


Debemos estar especialmente concentrados en la Pasión de nuestro Señor cada vez que asistimos a la Santa Misa, recordando que es sustancialmente el mismo sacrificio que el de la Cruz en forma incruenta, y fue instituida para extender todos los frutos de la Pasión hasta el fin del mundo y para que tuviéramos siempre delante de nuestros ojos el recuerdo vivo de este acto supremo de amor.


Consideremos las enseñanzas de algunos santos sobre la importancia de meditar la Pasión de Cristo.


Dice San Agustín: "Nada hay nada tan saludable como pensar cada día en la Pasión de nuestro Señor." San Juan Crisóstomo está de acuerdo, diciendo que "la cruz es fuente de todos los bienes." Añade: "Considera lo que Él sufrió por ti, y no rehusarás sufrir por Él." La veracidad de este consejo se ha verificado en la vida de muchos santos.


Santo Tomás de Aquino nos enseña con gran claridad sobre el valor de la Pasión, diciendo que en la Pasión tenemos ejemplo de todas las virtudes, en tal grado que dice que "la Pasión de Cristo es suficiente para dar forma a toda nuestra vida." 


Luego continúa dando ejemplos. La Pasión enseña paciencia, porque vemos todo lo que aguantó y aceptó nuestro Señor. La Pasión enseña humildad, porque el Señor se anonadó completamente a pesar de su dignidad divina. La Pasión enseña obediencia, y obediencia hasta la muerte de cruz, porque el Señor solo se preocupó por hacer la voluntad de su Padre. La Pasión también demuestra caridad en un grado superlativo, porque se entrega por sus enemigos y perdona a sus asesinos precisamente cuando su crueldad llega a su punto culmen.


San Alfonso María de Ligorio, que escribió un libro sobre la Pasión, dice que toda nuestra santidad consiste en amar a Jesucristo y que ese amor "se enciende principalmente al considerar la Pasión de Jesucristo." Por ende, no hay nada más práctico para santificar el alma que la meditación de la Pasión de Cristo, porque "un alma que medita la Pasión difícilmente vive en pecado."


San Buenaventura, que famosamente contestó señalando al crucifijo cuando fue preguntado dónde aprendió tanto sobre Jesús, dijo: "Allí es donde aprendí todo lo que he logrado saber." Con razón también aconsejó que quien quiera avanzar en virtud debe meditar la Pasión continuamente, porque allí encontramos todo lo que necesitamos.


También San Bernardo de Claraval dijo: "Lo que más profundamente hiere mi corazón es la memoria de la Pasión de nuestro Señor." Tener el corazón herido significa que uno se da cuenta de sus pecados y su ingratitud cuando considera lo que le costaron a nuestro Señor, lo cual queda esclarecido en su Pasión.


Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz también eran amantes de la Pasión. Santa Teresa insistió en que considerar a Cristo en la cruz es una gran ayuda para no apartarse del camino. 


Esto concuerda con lo que recomiendan muchos autores espirituales, enseñando que cuando sentimos la tentación debemos enfocarnos en Cristo crucificado para poder resistir. 


Por lo mismo, el ritual de la Iglesia recomienda que, cuando alguien está en su última agonía, agarre un crucifijo, lo bese y siga repitiendo el dulce nombre de Jesús, recordando lo que su Señor hizo para que no se perdiera. San Juan de la Cruz concuerda diciendo: "El alma que quiere unirse con Dios debe entrar por la puerta de la cruz."


San Francisco de Sales dice que el Calvario es la gran escuela del amor y "la montaña de los amantes." Entonces, cualquier supuesto amor que no está arraigado en la Pasión es deficiente, y si queremos robustecer nuestro amor, tenemos que volver a considerar a Cristo crucificado.


San Pablo de la Cruz, fundador de los pasionistas y autor de una espiritualidad muy centrada en la Pasión, dice: "La Pasión es el remedio de todos los males… porque es la obra más grande y estupenda del amor divino." Por eso, "quien se ejercita en la memoria de la Pasión no caerá fácilmente en el pecado."


Santa Gema Galgani exclamó: "No quiero otra ciencia que la de Jesús crucificado." Con eso dio eco a lo que dijo San Pablo muchos años atrás, cuando insistió que no quiso conocer nada aparte de Cristo y Él crucificado.


Podemos seguir multiplicando muchos ejemplos más, porque la realidad es que nunca ha habido ningún santo que no se haya enamorado de la Pasión de Cristo, porque es allí donde vemos cuán enamorado está Cristo de nuestras almas. 


Entonces, cada año la Iglesia dedica estas dos últimas semanas de Cuaresma a considerar más profundamente el misterio de la Cruz, culminando con el Viernes Santo, cuando la liturgia nos invita a postrarnos frente al crucifijo para besarlo entre lágrimas derramadas por nuestras infidelidades, al contemplar un amor tan absoluto de parte de nuestro Salvador, que dio todo sin reserva para rescatar nuestras pobres e indignas almas.


 
 
 

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