¡Que todos me amen a mí!
- Claudia Ortiz

- hace 9 horas
- 4 Min. de lectura
Nadie debe hacerme ningún mal, al contrario deben hacerme todo el bien posible, dispensarme, ayudarme y nunca despreciarme.

Por Claudia Ortiz
Hace poco leí una reflexión que me encantó. Decía que todos deben amarme a mí.
Que deben dispensarme, que deben ayudarme y muchas cosas más, en realidad el texto en cuestión merece ser citado tal cual:
“Dime, ¿no te parece muy bien que Dios nos haya mandado a mí y a todos que te amemos mucho a ti?, ¿que te amemos como a nosotros mismos?, ¿que no te hagamos ningún mal?, ¿que te hagamos, al contrario, bien?, ¿que te toleremos, te dispensemos, te ayudemos, te apreciemos, y nunca jamás te despreciemos, ni quitemos la honra, ni miremos con indiferencia?
Claro que me parece bien, y de hecho, me parece super bien.Todo bien que todos me puedan otorgar a mí, siempre estará bien.
Pero para mi desgracia, la meditación no terminaba ahí. Resulta que hay una segunda parte:“Os doy un mandamiento nuevo, que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros.” (Jn, 13, 34).
Por si hay dudas, en el evangelio de Mateo se relata el siguiente diálogo:
-¿Cuál es el mandamiento mayor de la ley?, le preguntaron a Jesús.
Él dijo: Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.
Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a tí mismo. (Mt 22, 36-39)
Es decir que esta meditación que me ha encantado, hay que decirla y cumplirla también a la inversa:
Dime, ¿no te parece muy bien que Dios te haya mandado que ames mucho a los demás?, ¿que nos ames como a ti mismo?, ¿que no hagas a nadie ningún mal?, ¿que nos hagas, al contrario, bien?, ¿que nos toleres, dispenses, nos ayudes, nos aprecies, y nunca jamás nos desprecies, ni nos quites la honra, ni nos mires con indiferencia?
Qué difícil suena, pero qué justo es que así sea.Y no solo eso, es petición de Dios y muestra de que vivimos su amor. Si todos cumpliéramos este mandamiento el mundo sería otra cosa y no hay que indagar mucho para saber cuánto faltamos, pues se respira en las calles, en los trabajos, en los hogares y hasta en los apostolados la envidia, el rencor, la indiferencia, el desamor…
O sea que a esa persona que te molesta en la escuela, a la que te hace “la vida de cuadritos” en el trabajo, a la suegra que se mete en todo, a la cuñada que te ignora, al hermano que te tiene envidia, a tu compañero de apostolado que lo supera la soberbia o el abuso de poder. A todos y cada uno, ámalos, ayúdalos, toléralos, dispénsalos.
Justo un día antes de que leyera esta meditación, un Sacerdote, antes de la Comunión dijo a los fieles que si alguien sentía rencor con su hermano, no se acercara a recibir a nuestro Señor. Y es que la Eucaristía es un Sacramento para vivos, no para los que están muertos a causa del pecado.
Hay otra sentencia bíblica al respecto:
Si pues, al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas entonces de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano, luego vuelves y presentas tu ofrenda. (Mt 5, 23-24)
En realidad, cuando otra persona te ha hecho el mal y en consecuencia no te nace amarla, la sanación de esa situación está al alcance, en cuanto que si hay disposición del corazón y se recurre a Dios, con Su ayuda la herida puede sanar. Para nosotros sería imposible, no hay nada que nosotros podamos hacer por nosotros mismos, pero recurrir al que es el Amor, al dueño de la vida, al médico de almas, garantiza la paz del alma.
Por supuesto está también la asistencia e intercesión de nuestra Madre Santísima. ¿cuánto dolor debió haber sentido al presenciar el asesinato de su Hijo? y no solo no guardó rencor, sino que a punto de morir, su Hijo la hizo Madre de sus verdugos. Y como hijos, los amó. Podemos pedir a Ella su ayuda y tratar de imitarla porque no puede haber en el mundo una herida y dolor más grande que ver cómo asesinan cruelmente a tu hijo inocente.
De los malos se vale Dios
Yo viví muy de cerca el caso de una productora de cine que recibía casi nula y muy mala atención por parte de la gerente de una gran empresa de cine que tenía detenida la exhibición de su película. Estaba muy desesperada y por supuesto solo tenía quejas sobre la persona que la estaba obstaculizando.
Una amiga le dijo:
-¿Y ya ofreciste tu Comunión por ella?
La productora era de Misa diaria y sin embargo, su respuesta fue negativa.
Por supuesto la recomendación fue: ofrece diariamente tu Comunión por ella con nombre y apellido. A los pocos días recibió respuesta a sus peticiones y para su sorpresa le otorgaron favorables concesiones, mucho más de lo que había pensado que fuera posible.
Otro Sacerdote, en otra ocasión, dijo que no debemos guardar rencor por las personas que nos hacen difícil el camino, ya que ellas cumplen una misión en nuestro proceso de santificación; claro, siempre que vivamos la situación santamente, orando por esas personas que hacen el mal.
Hay otro famoso relato bíblico que explica mejor este tema. Se trata de la historia de José “el soñador” que fue vendido por sus hermanos a los ismaelitas. Todos recordamos todo lo que José pasó, pero conviene citar las palabras que dirigió a sus hermanos:Aunque vosotros pensasteis hacerme daño, Dios lo pensó para bien, para hacer sobrevivir, como hoy ocurre, a un pueblo numeroso. (Gen, 50, 20)
Esto no es otra cosa que ver todo con los ojos de la fe. Ése que nos parece piedra en el camino, está colocado ahí para que practiquemos las virtudes, de esta manera colabora en nuestra santificación. Demos gracias a Dios por su vida.
“Todo hombre malvado, o vive para que se corrija, o vive para que el bueno sea probado por medio de él”, dice San Agustín.





Comentarios