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Hasta que Dejemos el Cántaro de Agua…

Actualizado: 13 mar

Todos estamos llamados a dejar el pecado, reconocer a Jesús, enamorarnos de Él y proclamarlo, que no es otra cosa que desarrollar la vida bautismal. Urge darnos cuenta de que todas las demás cosas no nos pueden saciar.

 


Por P. Jorge Hidalgo

 

Solamente seguiremos a Cristo con toda el alma, con todo el corazón y con todas las fuerzas, cuando dejemos el cántaro de agua, cuando seamos capaces de cambiar absolutamente de vida, cuando nos demos cuenta de que la alegría está solamente en conocer a Cristo, que es el verdadero don de Dios y que para eso está hecho el hombre, nada más y nada menos que para el Cielo.

 

Nuestro Señor es capaz de cambiar todas las vidas humanas con tal de que dejemos el cántaro de agua, es decir que dejemos los pecados, los que sean, muchos o pocos. Todos estamos llamados a esta conversión a Dios y a convertirnos en sus apóstoles. Esto es lo que hizo el Señor con la samaritana que fue a sacar agua del pozo.

 

Los padres de la iglesia ven en esta mujer samaritana a la Iglesia, que está conformada por algunos judíos conversos, pero muchos, la inmensa mayoría, vienen del paganismo. La samaritana, por su parte, provenía de un pueblo espurio en el que se habían mezclado los judíos con los paganos y así como la mezcla de su gente, se encontraba su religión también mezclada.

 

La mujer samaritana, cuyo pasaje relata San Juan, fue a sacar agua del pozo a mediodía. Nadie hacía esto porque durante el mediodía es cuando más calor hace en el desierto, así que por esa razón todos iban a sacar agua o en la mañana o cuando caía el sol, no al mediodía.

 

Quiere decir que la mujer no tenía buena vida, por eso la corrección de Nuestro Señor Jesucristo, pero lo hizo hasta que estuvieron solos, ni siquiera estaban los apóstoles porque habían ido al poblado a comprar alimentos. Le dijo entonces a la mujer “has tenido cinco maridos y el que tienes ahora no es el tuyo”, pero a pesar de que ella estaba muy metida en el pecado y lejos de las cosas de Dios, Nuestro Señor, que ve lo profundo de nuestros corazones, se dio cuenta de la disposición de su corazón.

 

Hay en este encuentro un proceso de conversión de la mujer que se nota en su conversación. Primero le dice: ¿tú que eres judío me pides de beber a mí? Después le dice: veo que eres un profeta. Enseguida: yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir, cuando Él venga nos anunciará todo. Y al final dice: ¿no será el Mesías?

 

Al final la mujer corrió a la ciudad y habló de Jesús, y todo el pueblo termina diciendo: éste es verdaderamente el Salvador del mundo. Es decir, hay un progreso en la fe hacia nuestro Señor Jesucristo y ese progreso es el que nosotros debemos tener.

 

Renuncia al pecado

 

Los cristianos sabemos quién es Jesús, hemos sido instruidos en la fe, sabemos el catecismo, el Credo; creemos que Nuestro Señor es verdadero Dios y verdadero Hombre y que murió por nosotros; pero todo eso que nosotros repetimos por la fe, debemos hacerlo carne y vivir de acuerdo con esa fe que profesamos.

 

Porque la mujer, que estaba muy metida en su miseria humana, en sus pecados, no podía entender y por eso al principio es como un diálogo de sordos. Jesús le decía una cosa y la mujer entendía otra. Si conocieras el don de Dios -le decía Nuestro Señor- Él te habría dado agua viva…; pero ella no entendía: Señor, no tienes con qué sacarla… pensaba que se refería al pozo que tenía delante. Pero nuestro Señor habla de otra agua viva.

 

La mujer siente sin duda, dentro de su corazón, que es la salvación que llega, por eso deja el cántaro de agua. El cántaro, todos los comentaristas concuerdan en que es la vida pasada de la mujer.

 

De hecho, ella estaba ahí para buscar agua y al final deja el cántaro. ¿Por qué? Porque la salvación era más importante que aquella obra exterior que estaba haciendo. Y junto con ella, la conversión llegó a muchos samaritanos que, sin fijarse en los pecados de la mujer, creyeron que Jesús era el Salvador.

 

Las demás cosas no nos pueden saciar

 

Todo el centro del texto es esta parte donde Cristo dice: si conocieras cuál es el agua viva, tú mismo se lo hubieras pedido. ¿Qué quiere decir agua viva? En el lenguaje antiguo, que es también el de la escritura, agua muerta sería lo que nosotros llamamos agua estancada, como si fuera un charco, algo que no recibe agua. En cambio, agua viva es un agua que corre, como un río.

 

Y nuestro Señor usa esa metáfora para hablar de la fuente de la gracia que es Él y que viene de Dios. Hay que recordar aquella visión de la profecía de Ezequiel en la cual dice que el templo es el agua viva; de él viene el agua y a donde llega, el agua sanea todas las demás aguas y todo lo que está a su alrededor produce frutos exuberantes, incluso en medio del desierto, por eso no deben temer una sequía. Hay una multitud de textos en la escritura que hablan justamente de esto.

 

El agua viva es la que da Dios, Cristo es el que nos da el Espíritu Santo y Él es capaz de darnos ese gusto interior por las cosas de la vida eterna que no nos pueden dar las cosas de este mundo. Por eso la mujer estaba triste y cansada, creía que su trabajo era sacar agua de esta tierra, pero no.

 

El trabajo del hombre no es vivir para este mundo, juntar bienes, títulos, o coleccionar autos, honores, puestos políticos o cualquier otra cosa. El fin del hombre no es este mundo, sino el Cielo, la eternidad. Eso es lo que hace al hombre plenamente feliz.

 

Y esto no es otra cosa sino el bautismo, por el cual nosotros debemos desarrollar plenamente la gracia de Dios que nos va a llevar al Cielo, porque como bautizados no podemos limitarnos a ir a Misa los domingos y rezar un poco, ¡no!, la vida bautismal es desarrollar ese grado de santidad y darnos cuenta de que todas las demás cosas no nos pueden saciar. Como dice Cristo, el agua que yo te daré se convertirá en el manantial que brotará hasta la vida eterna.

 

Todas las demás cosas, en palabras del profeta Jeremías, son cisternas agrietadas, pozos que no pueden conservar el agua, es decir que no nos dan la verdadera felicidad que solo está en Dios y solamente cuando uno es capaz de convertirse es cuando puede seguir a Jesús con toda el alma y todo el corazón.

 

Esto se complementa con lo que dice el libro del Eclesiástico:  El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed y el que coma de esta comida tendrá nuevamente hambre. ¿Pero cómo?, ¿no es contradictorio? Monseñor Strubinger explica que no y tiene razón, porque las cosas del mundo nunca nos van a saciar y a pesar de cuánto tengamos no nos sentiremos satisfechos; pero también es verdad es que cuando uno más se acerca a Dios, tiene más hambre de Él.

 

Las cosas de la tierra son nada: no nos pueden saciar. El hombre está hecho para Dios. Pero, por otro lado, mientras más buscamos a Dios, más deseamos aferrarnos a la verdad que viene de Él: por eso tenemos más sed todavía de su Fuente. Cada Palabra de Cristo está llena de misterios, en palabras de Orígenes, y solo los enamorados del Señor pueden penetrarla cada vez más.

 

Por eso siempre podremos beber de la Escritura todo lo que necesitamos en orden a la vida eterna, como observa San Efraín; y como la samaritana, debemos creer que Cristo es el Salvador del mundo, enamorarnos de Él y seguirle. La samaritana se enamoró en este pozo. Orígenes, aquel gran Padre de la Iglesia del siglo III, dice que numerosos enamoramientos ocurren en la Escritura en los pozos, porque justamente no es el agua de este mundo, sino el agua que salta hasta la vida eterna.

 

Todas las demás cosas de este mundo tienen que ser puestas en segundo lugar y para dejar el cántaro, dejar el pecado, es necesario hacer una buena confesión, convertirnos a Dios con toda el alma y todo el corazón. Hay que pedirle a la Virgen esta gracia, a Ella, que, en la historia de la salvación, hace la unión entre Cristo y la Iglesia.

 

En las bodas de Caná, por ejemplo, la Virgen es quien le “roba” el milagro a Cristo para que convierta el agua en vino; además es la que hace que los discípulos crean en Jesucristo como el Mesías. Por esta función tan especial, es que la Iglesia con razón la llama Corredentora y a Ella debemos acudir a pedir la gracia de que seamos capaces de cambiar de vida, aunque nos cueste dejar el pecado, que nos ayude a tener disposición de salir a proclamar que Jesús es el Mesías, el único Salvador del mundo, aunque eso implique cambiar absolutamente nuestra forma de pensar, como de hecho lo hizo la mujer; para que, aunque estemos en este mundo, vivamos como resucitados para que el Señor sea todo en todos.


 
 
 

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