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El Destino Final es el Cielo

Y, como “milicia es la vida del hombre sobre la tierra” (Job 7, 1), los destinos intermedios deben ser firmes peldaños para llegar a él.



Por P. Christian Viña


Un muy anciano y benemérito sacerdote, en intenso diálogo con jóvenes presbíteros, enfatizó: “Nunca estuve en destinos que hubiese elegido. Recién ordenado quería ir a un barrio muy pobre; me mandaron a estudiar a Roma. De regreso, ya con cierta experiencia pastoral, pensé que lo mejor sería ir a una parroquia; me enviaron a trabajar en la curia diocesana. Y cuando, pasado un tiempo, imaginé que iría muy lejos, a misionar, me destinaron a enseñar lo que había aprendido en la Licenciatura, al Seminario. Gracias a Dios, entendí que siempre se hizo su Voluntad y no la mía. Y que en todos los destinos, fui intensamente feliz. La perspectiva que me dan los años me confirma en la certeza de que el Señor siempre se ríe, a carcajadas, de nuestros propios planes”.


          Estas palabras, clarísimas, llenas de sabiduría, volvieron a mi memoria cuando Javier, recién egresado del Colegio Militar de la Nación, como subteniente del Ejército Argentino, me habló de sus ilusiones para esta nueva etapa.


-         Tal vez te manden –le dije- a alguno de los regimientos que tenemos aquí, en La Plata.


-         Es probable, Padre. Pero el país es muy grande. Estoy dispuesto a ir adonde me designen. ¡Al destino lo hace uno, con la gracia de Dios!


La frescura del joven y prometedor oficial, católico todo terreno, me conmovió. Es cierto: allí donde seamos enviados siempre podemos dar testimonio valiente y claro de nuestra fe y cumplir con los correspondientes deberes de estado.


“Dadme almas y llévate todo lo demás”, repetía San Juan Bosco en medio de las enormes dificultades de su misión, en el muy hostil norte de Italia de fines del siglo XIX. Y así lo han hecho, en dos milenios de cristianismo, una multitud de hijos de la Iglesia.


          ¿Se tienen en cuenta todos los talentos, dones, antecedentes y potencialidades de los candidatos a la hora de decidir sus destinos? ¿No hay acaso, en ocasiones, prejuicios, celos y mezquindades, a la hora de inclinar la balanza? ¿Se piensa siempre en el bien de los demás, por encima de los propios intereses? Hay de todo en la Viña del Señor. Y ahí nos colocamos, una vez más, frente a lo que Dios manda o permite.


          Destinos imaginados como insufribles, terminaron siendo extraordinarios para el crecimiento, purificación y empuje misionero de quienes, en principio, pensaban que los padecerían. Envíos diseñados para la eventual deserción del candidato forjaron vocaciones de acero. Plazos cortos, pensados para el desgaste, sin posibilidad de desarrollar proyectos de largo aliento, llegaron a ser fecundas décadas de entrega sin límites.


          Cada creyente podría hacer referencia a más de un caso. En lo personal, con ejemplos muy cercanos, le agradezco al Señor por los sacerdotes y religiosas que brillaron varios lustros allí donde la Iglesia los puso.


          Pienso, por caso, en personalidades próximas de nuestra Iglesia platense: el inolvidable teólogo, Monseñor Gustavo Ponferrada (nuestro gran “Ponfe”), durante más de seis décadas en nuestro Seminario Mayor San José de La Plata; el querido padre Enrique Lombardi, célebre músico, durante 45 años al frente de nuestra parroquia San Roque, o el padre José Dardi, baluarte durante más de dos décadas en Sagrado Corazón de Jesús, de City Bell.


          Y, en cuanto a las religiosas, evoco con emoción a la inolvidable Hermana Bernadette, austríaca; quien, durante 53 años, tuvo su primero, único y último destino en el Hospital “Bonorino Udaondo”, de la Ciudad de Buenos Aires. Y a la Hermana Ernestina; quien, a pocas cuadras de allí, en el Hospital Churruca – Visca, durante 55 años, se prodigó a los enfermos y heridos de la Policía Federal Argentina. Y, por supuesto, cómo no manifestar también mi gratitud a la españolísima Hermana Socorro; quien, desde hace 50 años, está destinada en la residencia para ancianos que las Siervas de Jesús de la Caridad tienen en Rosario, Santa Fe. Estas tres consagradas –por un servidor muy queridas- son también otras muestras de que allí, donde se esté, siempre nos aguardan desafíos grandes. Porque “el hombre propone, Dios dispone, y los superiores, componen…”. O, a veces, no tanto…Todo siempre, de cualquier modo, es para el bien de los elegidos (cf. Rm 8, 28).


          ¡Adelante, pues, Javier, con esa fe y ese patriotismo, que brotan a raudales de tu corazón enamorado! Haz, con la gracia de Dios, tu mejor canto de alabanza a la Divina Majestad, allí donde te encuentres. El destino final es el Cielo. Y, como “milicia es la vida del hombre sobre la tierra” (Job 7, 1), los destinos deben ser firmes peldaños para llegar a él. Cuenta, para ello, con el permanente auxilio de nuestra Gran Capitana; la Virgen Santísima. En su maternal regazo nos preparamos, todo el tiempo, para el Abrazo eterno.


 
 
 

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