De ceguera espiritual y muerte repentina, ¡líbranos, Señor!
- P. Jorge Hidalgo

- hace 45 minutos
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Es necesario que seamos iluminados por Cristo, Luz del mundo, y ver todas las cosas, incluso las persecuciones o la enfermedad, como un don de Dios.

Por P. Jorge Hidalgo
Cuando uno tiene fe en Cristo tiene que decir claramente que Jesús es el Señor, aunque eso nos cueste lo que sea: aunque implique que nos dejen de lado, la pérdida del trabajo o del puesto, que nuestra familia no nos entienda y nos juzguen, como lo hacían los parientes con el mismo Cristo.
Nosotros debemos llegar con la profesión de fe hasta las últimas consecuencias porque solamente cuando la fe es profesada de esta manera, es cuando la fe es pura, es real, porque no sirve una fe puramente intelectual. La fe -como dice San Agustín y después repite Santo Tomás- necesariamente tiende hacia Dios; porque si la fe te deja encerrado en tus pensamientos, en tu cuarto o en tu casa y no ilumina en el ámbito público, no ilumina tu vida familiar, tu vida en el trabajo o tu vida en la sociedad o en el lugar donde estés, entonces esa fe no es completamente real.
Ése es el problema del liberalismo, que piensa que puedes ser católico en tu vida privada, pero en la vida pública puedes tener una fe distinta, tener “valores democráticos”; pero eso no es católico. Un católico piensa y actúa como tal, y cuando actúa, se le nota que es católico, esa es la fe verdadera.
Es importante saber que la Fe implica dos actos: el acto de adhesión interior a la Palabra de Dios que se revela y la profesión exterior de fe manifestada de manera pública. Ambos actos van unidos, necesariamente.
Ciegos espirituales que no reconocen a Dios
Juntamente con esto está el doble juego entre la luz y las tinieblas. Cristo es la luz del mundo que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, como dice el prólogo de San Juan, y nosotros necesitamos esta luz de Dios.
Las Sagradas Escrituras nos relatan el caso de un ciego de nacimiento que después de haber sido curado por nuestro Señor Jesucristo, fue llegando gradualmente a profesar la fe adecuada, ortodoxa, precisa, respecto de nuestro Señor Jesucristo.
La luz de Cristo alumbró al ciego, que al final es el que ve; mientras que los fariseos, que creían ver, son en realidad ciegos. Materialmente sí veían, pero en realidad eran ciegos porque los había enceguecido su soberbia, su terquedad. Ellos pensaban que Dios podía caber dentro de su esquema mental, pero eso no es la fe.
La fe es creer a Dios que se revela y esa aceptación de Dios que se revela es más grande que nuestra inteligencia. Hay que aclarar que la Palabra de Dios no va a ir en contra de tu inteligencia, porque si estuviera contra tu inteligencia sería que la fe es un acto irracional y eso no es así. La fe no es aceptar algo que sea contradictorio en el orden natural, más bien la fe está sobre la razón y uno puede demostrar -como dice Santo Tomás en la Suma de Teología- que eso va sobre, pero no contra la razón.
Incluso en el ámbito de la vida diaria uno no sabe sobre todas las cosas. Si vas al médico y te dice sobre una enfermedad y un remedio o un ejercicio de rehabilitación, uno acepta lo que él le diga; igual ocurre cuando llevas el auto al taller, no sabes de mecánica y aceptas todo lo que el mecánico dice que hay que arreglar a tu carro. Así es con todas las otras cosas de la vida: nadie sabe toda la ciencia humana y por eso nos especializamos cada uno en una profesión diferente.
Si eso ocurre en el ámbito natural, con mayor razón ocurre en el ámbito sobrenatural. Aceptamos la Palabra de Dios porque eso no va contra la razón, sino que está sobre nuestra capacidad, distinto a lo que pensaban los judíos. Ellos tenían un esquema de que el Mesías tenía que ser de tal manera, tenía que ser un rey que expulsara a los romanos, tenía que darles la libertad política, no podía ser un ser débil; y así como esas, un montón de premisas que tenían en su forma de entender la religión, que no era justamente la de Dios, por eso eran ciegos y por eso terminaron echando de la sinagoga, excomulgando, como se diría hoy, a todos aquellos que profesaran que Jesús es el Señor.
Ellos quedaron ciegos, pero nosotros debemos darnos cuenta de que la fe es una lámpara que arde en un lugar oscuro; ese lugar oscuro es este mundo, la lámpara es la fe y hemos de llevarla a todos los lugares, porque si no, nos tropezaríamos con todo o caeríamos en la dictadura del relativismo como dijo brillantemente el que después fue el Papa Benedicto XVI.
La verdadera tragedia del cristiano es alejarse de Dios
No podemos ocultar nuestra fe. En todo lugar debemos profesar que Jesús es el Señor y esto también está relacionado con la enfermedad. En el mismo ejemplo del ciego, a él lo tratan como un enfermo y se creía que habían pecado él o sus padres, pero la enfermedad también tiene que ser vista como una cosa que viene de Dios.
Para comprenderlo es necesario ir al sentido latino de la palabra: infirmitas, que quiere decir falta de firmeza, que puede ser en el cuerpo -que es lo que llamamos enfermedad- o puede ser falta de firmeza en el alma, que puede detectarse cuando uno ve cuántos años han pasado sin alcanzar la virtud por la que se está luchando, o cuando desde hace muchos años se intenta perdonar sin conseguirlo.
¿De dónde viene todo eso? Es verdad que hay algunas enfermedades que se pueden transmitir de padres a hijos. Por ejemplo, lo que consuma una mujer en estado de embarazo puede afectar la salud de su hijo, y al nacer, el niño estaría enfermo por culpa de la madre, pero en general eso no es así.
La enfermedad puede ser para gloria de Dios, como es, de hecho, el caso del ciego. Gracias a que nació con esa deficiencia en la vista, pudo profesar la fe en nuestro Señor Jesucristo. De igual manera, nosotros debemos siempre ver la enfermedad como algo que Dios puede querer positivamente.
La gente que mira las cosas de manera demasiado terrena, de manera horizontal, cree que lo más importante es tener salud; pero todos nos vamos a morir, algún día se nos va a acabar la salud. Hay que desechar esa idea y en lugar de creer que lo más importante es la salud, hay que preocuparnos por la salud del alma porque es la manera de llegar al Cielo.
Lo más importante es santificarse y si para santificarnos Dios quiere una cruz para nosotros, ¿qué le vamos a decir?, ¿le vamos a decir que no al Señor? Es posible que el Señor quiera para nosotros una enfermedad que nos mantenga postrados o que alguno de nuestros familiares se enferme o se muera, ¿qué pasa si ocurre eso? ¿le vamos a poner peros a Dios?
Es necesario ver todo esto con ojos espirituales, con los ojos de la fe porque ésta no sería la gran tragedia del cristiano. La verdadera gran tragedia del cristiano es alejarse de Dios, es no vivir en gracia, es no estar confesados, es no pensar en el cielo, es vivir en pecado mortal; esa es la gran tragedia para el cristiano.
Debemos ver la enfermedad, los accidentes o cualquier otra cosa que nos pueda ocurrir que no nos parezca favorable, como algo que el Señor quiere o permite para que nosotros nos hagamos santos.
Un ejemplo de esto es Job. Perdió todos sus animales, se murieron todos sus hijos y quedó con una llaga de pies a cabeza, pero si no le hubiese pasado eso, no sería hoy modelo de paciencia. A veces el Señor permite eso, como en el caso de Job, para que brillara su santidad porque solo Dios sabía que él era un hombre justo.
Es necesario también ver las cruces y las dificultades de la vida con los ojos del alma y no mirar simplemente con mirada puramente horizontal. Lo más importante no es la salud, es salvar el alma; de hecho, la palabra salud, en la Sagrada Escritura, justamente quiere decir salvar el alma.
Que esa mirada sobrenatural nos sea concedida por la Virgen Santísima para creer que Jesús es el Señor, aunque eso implique que no nos entiendan, que nos excluyan, que en nuestra familia nos quiten la herencia o lo que sea. Que no haya intereses humanos, sino que lo único que nos interese sea profesar que Jesús es el Señor y que en todos los lugares se entienda que Él es el único Salvador de los hombres.
Que lo único que nos interese sea dar testimonio de Cristo como la luz verdadera y que esa luz alumbre a todos los hombres que están en tinieblas. Que Nuestra Madre nos conceda la gracia de tener los ojos puestos en Cristo iniciador y consumador de nuestra fe para que todo lo veamos bajo la óptica de Dios.
Y que Dios nos libre de una muerte repentina. En la antigüedad se pedía más bien una agonía para prepararse para bien morir porque es mejor pagar los pecados en esta vida que en la otra, aunque se trate del purgatorio; es mejor pagar en esta vida y estar siempre en gracia de Dios para que en todas las cosas tengamos una recompensa, no en la tierra, sino en los cielos.





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