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¡Bendita sotana que le permitió a usted reconocerme! 

  • Anécdotas de un Sacerdote argentino: ¡Éste es un cura de la vieja escuela!



Por P. Christian Viña


Dios me mostró, una vez más esta mañana mientras subía las escaleras del hospital, hasta dónde suelen llegar ciertos prejuicios y recelos; nacidos, en no pocos casos, de la ignorancia. Y a veces, también, de las ideologías…


-         ¡Éste es un cura de la vieja escuela! -, le comentó a otra mujer, una anciana dama, en referencia a un servidor.


-         ¡Mucho gusto! ¡Padre, Christian, para servirles! Yo no fui a la vieja escuela, sino al inolvidable Colegio Sagrado Corazón de Jesús, de Rosario; a cargo, por entonces, de los beneméritos Padres Bayoneses…


-         No, yo no me refería al colegio, sino a la vieja escuela, de antes… En que los curas iban con esa túnica -, respondió, sorprendida, la señora.


-         ¿Se refiere a esto que llevo puesto?, ¿la sotana? Es de la “escuela” de todos los tiempos. Debemos estar siempre bien visibles, como sacerdotes…


-         Pero el padre Paco –replicó-, que además es muy lindo, y se lo ve siempre en la televisión, va de civil, con remeras y pantalones comunes…


-         No sé quién será el tal padre Paco. Tal vez ni sea sacerdote católico… Miles de sacerdotes, incluido quien le habla, estamos muy felices de mostrarnos como tales. Y que nos reconozcan servidores de Dios, en todo momento. Además, en mi caso, con 65 años, petiso, gordo y pelado, si yo anduviese como el tal Paco, solo agregaría más indiferencia…


La humorada sirvió para romper el hielo e iniciar un intenso diálogo sobre el hábito y el monje; las altas temperaturas y el “calor del infierno”; el negro de la sotana, o colores más “frescos”; y la cercanía o lejanía del testimonio. Y se sumaron, también, otros familiares de internados, enfermeros y auxiliares.


-         La sotana –agregué-, además, es un límite. Y nos protege de los ataques del demonio. Con ella manifestamos que hemos muerto para el mundo, y que el mundo está muerto para nosotros…


-         ¡Pero, padre! ¡Cómo puede decir que el mundo está muerto! ¡Usted está en el mundo!


-         Sí, por supuesto. Como el mismo Jesús lo dice: estamos en el mundo sin ser del mundo (cf. Jn 15, 19). Me refiero a lo que el mundo tiene de malo; a todo lo que en él combate contra Dios, y su Vida en abundancia (Jn 10, 10). También les recuerda a quienes nos ven, con intenciones non sanctas, que no estamos disponibles. Que pertenecemos exclusivamente a Dios; y no debemos caer en pecados contra el sexto y el noveno Mandamientos…


-         ¡Pero el amor entre un varón y una mujer no tiene nada de malo!


-         ¡Por supuesto que no! El Matrimonio es un Sacramento; en el que los cónyuges están llamados a buscar la gloria de Dios, y la propia santidad. Ocurre que los curas ya tenemos Esposa; y nos debemos solo a Ella, y a nuestros hijos…


Los ojos de la mujer parecieron decir “¡qué pena!”. Pero, aun así, la charla continuó del mejor modo.


-         Ya que está, padre. ¿No podría pasar a ver a mi hermana que está en Cuidados Paliativos?


-         Con todo gusto, hija. ¡Bendita sotana que le permitió a usted reconocerme! ¡Gloria a Dios por sus sacerdotes, religiosos y consagrados, bien visibles como tales!


Fuimos a la habitación y pude administrarle a su hermana, en sus minutos finales, los Santos Sacramentos. Silencio y oración profunda en la mañana platense.


En la despedida, llegaron las excusas. “Disculpe, padre, si lo lastimé. No fue mi intención”. Sonrisas, fuerte apretón de manos y palabras finales. “¡Quédese tranquila! Nada que disculpar. Soy yo el agradecido por haberme permitido mostrarme, una vez más, felicísimo de ser Sacerdote. Y preparar, así, para el Cielo, en este caso, a su hermana”.


A la salida, volví a encontrarme con Leandro; papá de los mellizos Catalina y León, a quienes bauticé en Neonatología. Y, por supuesto, la pregunta de rigor:


-         ¿Cómo están los “Melli”, hijo?


-         Bien, padre. Gracias a Dios, mejorando día a día.


-         Me imagino que les pusieron Catalina, por la santa de Siena; y León, por San León Magno…


Futbolero apasionado, hincha de Estudiantes de La Plata (al que llaman “León”), el joven titubeó…


-         ¡Y, puede ser…! Pero, también, por el Papa…


-         ¡Bueno, me quedo tranquilo, entonces! -, le respondí con una sonrisa.


Los demás apostolados me reclamaban. Mientras ganaba la calle, volví mi corazón hacia aquel “Sagrado” –como lo llamamos con permanente cariño, a nuestro inolvidable Colegio-; de mi infancia y adolescencia rosarinas. Escuela con mayúsculas, en la que admirables sacerdotes, como el padre Domingo Cuasante –invariablemente con sotana-, me marcaron la vida. ¡Gracias, Señor, por tanto! ¡Gracias por haberme llamado al Sacerdocio! ¡Revísteme, cada vez con más profundidad, del hombre nuevo!


 
 
 

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