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Alta médica de Santiago y Danilo

Regalo anticipado de Pascua. Anécdotas de un Sacerdote Argentino.



Por P. Christian Viña


Dios nos regala a los sacerdotes, en cada Semana Santa, jornadas muy exigentes; en las que, más que nunca, debemos cuidar los minutos, porque las horas se cuidan solas… Son días en los que el tiempo no vuela, se dispara… Y, claro está, siempre nos queda la sensación de no haber cumplido como corresponde, con la multiplicidad de apostolados. Sabe el Señor, de cualquier modo, que le ofrecemos, también, nuestras propias limitaciones. Y, por eso, como siempre, nos da sorpresas maravillosas.


Esta mañana, al terminar de subir la escalera del hospital, me encontré con Danilo, un niño de cinco años, vestido, de los pies a la cabeza, como doctor. “¡Qué doctor tan joven!”, le dije, frente a la satisfacción de sus padres, muy humildes, venidos desde lo profundo de la pampa húmeda; católicos practicantes, en serio, y por supuesto, bien casados por la Iglesia. La producida vestimenta del pequeño –cubierto hasta con una cofia- hizo que, en principio, no lo reconociera.


“¡Padre! –me advirtió su papá-. Es Danilo, a quien bendijo en Cuidados Intensivos, y luego visitó en la sala”. Caí pues en la cuenta. Lo había visto cubierto con sondas, vendajes y suero, tras su delicada operación del corazón; y, por lo tanto, me resultó irreconocible al verlo corretear, con tanto atuendo diferente, por los pasillos.


“Sí, padre. Estamos muy felices. Ya nos volvemos para Ayacucho –agregó su mamá-. Le damos gracias a Dios por todo lo que nos dio…


-         Ahora, Danilo –le dije-, a empezar la catequesis, en tu parroquia. ¡Y espero que me invites para tu Primera Comunión!


-         Amén, amén y amén-, fue su respuesta. Y ahí nomás, papá, mamá, el pequeño y un servidor, rezamos Padrenuestro, Ave María y Gloria.


-         ¡Vamos a ver a otro paciente!, me dijo Danilo, al concluir las oraciones. Y lleno de honra, por los súbitos saberes que su ropita médica le brindaba, nos dirigimos hacia la pieza donde está Santiago, de siete años.


Conocí a este otro pequeño el sábado 21 de marzo, en el comienzo del otoño argentino; en una jornada difícil para mí. Un desacuerdo con un querido hermano Sacerdote, me había causado dolor. Que comenzó a sanar, junto al lecho del pequeño, recién operado del corazón. Allí, con su mamá y su padrino al lado, un momento intenso de oración; más las consecuentes palabras de aliento, retemplaron mi corazón sacerdotal. Y me hicieron recordar aquella frase de la Santa Madre Teresa de Calcuta: “¡Señor, cuando tenga hambre, mándame a alguien que tenga más hambre que yo…!”. La sonrisa de Santiaguito, recién despierto, y que había vuelto a mirar a lo alto, me llenó de paz. Los días posteriores, en mi recorrida habitual, pude rezar otras veces junto a ellos. Su mamá, que no se despegó de su lado, en todas esas jornadas, ahora me abría la puerta de la sala, adonde había sido trasladado.


-         ¡Padre! ¡Qué alegría verlo, junto al “doctor Danilo”! Seguramente viene a despedirse, porque en un rato nos vamos de alta…


Y en ese momento, Danilo, triunfante, abriéndose paso por la habitación, fue al encuentro de su nuevo amiguito. Y, claro, no faltaron los consejos para seguir la recuperación…


-         Y ahora –le dijo con absoluta seguridad-, a cuidarse del frío. Y a no comer mucho…


La sonrisa de Santiaguito y su mamá, rubricaron un enternecedor momento. Que quisieron registrar para la posteridad.


-         ¿Padre, le puedo sacar una foto de recuerdo, con los niños?


-         Sí, por supuesto, hija. Al igual que la Madre Teresa, tengo un “pacto” con el Señor: por cada foto que me sacan, Él saca un alma del Purgatorio. ¡Por lo tanto, vamos, con todo!


Y ahí, sonrisa a pleno, volvimos a regalarnos otro momento de anticipada eternidad. Al que, también, se sumaron los papás de Danilo.


-         Santiaguito: ahora vuelves a tu casa, en City Bell –le dije-. Recibiste el Bautismo hace pocos días. Y, por supuesto, debes comenzar la catequesis para tener tu primera confesión; y recibir, luego, la Confirmación y la Primera Comunión.


Y dirigiéndome a su mamá, le pregunté: “¿Tienen entronizada en su casa la imagen del Sagrado Corazón de Jesús?”


-         ¡Por supuesto, padre! ¡Y mire cómo ayudó al corazón de “Santi”!


-         Tendremos que ir, entonces, después de Pascua, para rezar con toda la familia… ¡Ha sido un honor conocerlos! ¡Que tengan una muy santa y, por lo tanto, muy feliz Pascua!


La despedida de los pequeños y de sus padres, marcó con intensidad este Martes Santo. Jesús, sano, saludable y sanador, me había mostrado, una vez más - ¡y van…! -, que Él hace nuevas todas las cosas (cf. Ap 21, 5). Que siempre pueda, frente al ajeno y propio dolor, zambullirme más y más en su Amor. Y derramarlo, sin medida, a través de mi corazón y manos sacerdotales…


 
 
 

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