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El Poder del Bautismo

  • La Iglesia nos enseña que el bautizado recibe los dones del Espíritu Santo, y que las virtudes teologales actúan aunque no se perciban y aunque aún no podamos notar sus efectos. 



Por P. Daniel Heenan, FSSP


La semana pasada reflexionamos sobre el sacramento del bautismo y su importancia en la temporada de Pascua. Constantemente la liturgia nos está recordando el poder del bautismo tanto para los nuevos conversos como para nosotros, que recibimos el bautismo hace mucho tiempo. 


Es una gran ayuda para nuestra vida espiritual si podemos estar muy conscientes de los cambios efectuados por el bautismo y de las responsabilidades en que incurrimos por haber renacido por el agua y el Espíritu Santo. Es muy probable que no sea solamente un fenómeno reciente el hecho de que muchos cristianos no piensen mucho en su bautismo, pero también el problema puede ser más grave por la gran falta de formación acerca de los sacramentos en general y del bautismo en particular.


En el libro Iota Unum, de Romano Amerio, encontramos muchas consideraciones sobre cambios en la práctica de la Iglesia al final del siglo XX. Hablando de los sacramentos, dice:

"Sin abandonar realmente la definición clásica de sacramento, se hace hincapié en el valor del signo y se resta importancia al contenido ontológico, lo que convierte al sacramento en un símbolo de acontecimientos subjetivos en la vida de quien lo recibe... Los símbolos permanecen, las realidades ontológicas desaparecen. En ese caso, los sacramentos se deslizan hacia el ámbito de la mera psicología y se convierten en símbolos como los que se utilizaban en la Antigua Alianza, o simplemente en ocasiones para despertar y expresar la fe."


Luego explica cómo esta tendencia se ha expresado especialmente en nuevas prácticas y actitudes acerca del bautismo. Ha habido una tendencia a ya no considerarlo tan importante, y a no bautizar a los bebés muy pronto después de nacer, porque ya no damos tanta prioridad a los efectos objetivos de los sacramentos y pensamos mucho más en lo que simbolizan o representan. 


Esta misma actitud lleva a algunos incluso a inventar nuevas ceremonias para que tengan más valor personal o circunstancial. Todo esto forma parte de una falta de aprecio en general por las realidades invisibles. La Iglesia nos enseña que el bautizado recibe los dones del Espíritu Santo, y que las virtudes teologales actúan aunque no se perciban y aunque aún no podamos notar sus efectos. 


El hecho de desacreditar todo el ámbito espiritual resulta en una tendencia a dar más importancia a lo que sí podemos percibir, cómo los sentimientos de los familiares, la calidad de la grabación y las fotos, o incluso a querer posponer el bautismo —siguiendo un pensamiento protestante— a una edad en la que el niño lo pueda entender.


Los sacramentos funcionan ex opere operato, lo que significa “por la obra realizada”, y cuando, en obediencia a Cristo, que estableció todos los sacramentos; y a la Iglesia, a quien Cristo confió su administración y regulación, los recibimos, obtenemos sus efectos normalmente sin necesidad siquiera de saber cuáles son.


Es importante meditar sobre esta realidad, no solamente para apreciar más el bautismo, que funciona no sólo a través del poder de los actos simbólicos —que, por el poder de Cristo, tienen una eficacia real para producir lo que significan—, sino también, en este caso, a través de una intención vicaria. En el caso del infante que no tiene uso de razón, es la fe de la Iglesia, expresada por el deseo de sus padres, la que basta para recibir el sacramento válidamente con todo su poder. 


Idealmente, la Iglesia celebra el bautismo con unas ceremonias muy hermosas que piden eficazmente ciertas bendiciones y que nos enseñan con mucha claridad todo lo que realiza este maravilloso sacramento. Pero aun cuando es imposible realizar todas las ceremonias, como en el caso de un bautismo de emergencia en un hospital, el efecto principal se produce con todo su poder, aunque no haya nadie más que quien administra el sacramento para apreciar su valor simbólico.


En otros aspectos de nuestra vida espiritual podemos caer en el mismo error de exagerar el valor psicológico o subjetivo. Tal vez lo más común es cuando alguien juzga el valor de su confesión por cómo se siente o por la elocuencia de las palabras de consejo que da el confesor, o cuando juzgamos el valor de nuestra oración según los sentimientos que produce. 


Tengamos cuidado de evitar este error. También, si no has asistido a un bautismo tradicional, sería muy provechoso buscar una oportunidad; o, aun si lo has visto varias veces, ayudaría mucho a la vida espiritual meditar sus ceremonias y las palabras del rito para apreciar mejor los efectos que ha producido en nosotros y para entender más los frutos que debe estar produciendo.


 
 
 

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