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Modo Práctico Para Reservar tu Morada en el Cielo

  • El premio para cada uno es poseer a Dios o ver a Dios; pero esa posesión de Dios es distinta para cada uno porque depende del grado de caridad que cada uno vivió.

 


Por P. Jorge Hidalgo

 

Dice San Agustín: “Cristo, permaneciendo junto al Padre, es la Verdad y la Vida; revistiéndose de carne, se hizo nuestro Camino.”

 

Cristo es la Verdad del hombre, pues es el arquetipo del ser humano, la causa ejemplar que debemos imitar. El hombre será perfecto en tanto que siga ese ejemplo. Así el hombre “hará verdad”, en palabras del P. Castellani.

 

Es necesario también recordar que Cristo es la Vida porque el Padre es la Vida; y el Padre es la Vida porque permanece en la misma perfección que tiene y no tiene parte para destruirse. Lo que se divide tiene partes que se pueden dividir o que pueden perecer; una muerte, por ejemplo, es la separación del cuerpo y el alma en un ser viviente, pero Dios no tiene partes, Él es indestructible, es la misma Vida, y esa vida, Dios ha querido compartirla con nosotros a través de Cristo, por eso Dios dice que nadie le quita la vida, sino que la da por sí mismo.

 

Así, el Señor nos da la vida, que es la vida de la gracia y la vida de la gracia es un anticipo de la vida de la gloria, por eso es que, así como vivimos unidos a Dios, que es la Verdad, tenemos que estar unidos a Cristo con la vida de la gracia.

 

¿Y cómo hacemos para tener la Verdad?, ¿para llegar al Cielo?,  ¿para alcanzar la santidad? Debemos permanecer en la vida de la gracia y para eso debemos permanecer en el camino que Dios nos enseña, que es Él mismo, por eso la frase de San Agustín: “Haciéndose carne, se hizo nuestro Camino”.

 

El Señor se hizo nuestro camino justamente apareciendo como Hombre, de esa forma nos dio ejemplo de cómo debe ser el cristiano, de cómo se debe vivir en la verdad y vivir en gracia, de cómo se puede vivir en el mundo y tener el corazón en el Cielo, porque eso es lo importante para llegar al Reino de Dios.

 

El camino es Cristo. Entonces si uno se pregunta cómo debo ser virtuoso: Míralo a Él, sobre todo en la Cruz, que la Cruz es la cátedra de todas las virtudes, como dice Santo Tomás. Cristo nos da el ejemplo de cómo ser buen cristiano: Viviendo en Él.

 

Y entonces, si somos buenos cristianos viviendo en Él y como Él nos enseña, así podremos llegar a tener el premio del Cielo.

 

¿El mismo premio para todos?

 

El premio del Cielo no es igual para todos porque hay un premio esencial que es justamente ver a Dios cara a cara, como Él es. El premio es Dios, el premio para cada uno es poseer a Dios o ver a Dios. Pero esa posesión de Dios es distinta para cada uno porque depende del grado de caridad que cada uno vivió.

 

Es decir, cuanto más se ha amado a Dios en este mundo, más se lo gozará en el Cielo; si más he aumentado mi gracia y mi caridad, no por mí sino por Dios, correspondiendo a las gracias y a las mociones que Dios me da, entonces más lo disfrutaré en Cielo.

 

Así pues, no es la misma gloria para la Santísima Virgen que vea cara a cara a Dios en el Cielo mejor que cualquier otro santo, a una persona que ha amado mucho a Dios o a una persona se salvó de último momento, porque accedió a confesarse ante la insistencia de otra persona.

 

Estos grados de gracia y caridad hacen distinto el grado de gloria en la eternidad. Dice Nuestro Señor Jesucristo: En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones o muchas moradas.

 

Los santos, sobre todos los místicos, interpretan que lo que uno tiene que hacer en esta vida es crecer en la perfección, en la caridad, en el amor a Dios y vivir cada día más de acuerdo con Cristo para más poseer a Cristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida. Esta es la tarea del cristiano.

 

La tarea del cristiano en esta vida no es ganar plata, no es acumular propiedades, no es ganar honra humana, ni ganar títulos, ¡No!, la tarea del cristiano en esta vida es amar cada día más a Dios y porque amamos más a Dios podemos amar al hombre. Así, es necesario ponerse a trabajar en nuestra salvación con temor y temblor, como dice San Pablo.

 

Para conseguirlo, es necesario tener un programa de vida interior; crecer en la oración, crecer en la caridad, crecer en el amor a Dios. Esto debe ser nuestro deber.

 

En su libro Las Confesiones, San Agustín decía: “Yo vivía hacia afuera y tú estabas dentro”. Justamente la vida interior consiste en ir hacia adentro del alma, donde secretamente son las moradas. Deus intimeor intimo meo, dice San Agustín, “Dios es lo más íntimo de la misma intimidad”.

 

Buscar adentro consiste en entrar en el santuario interior donde está Dios. Está dentro de nuestra alma. No hay que vivir hacia afuera, pensando en lo que dice el otro de mí, eso no me debe de importar; sino ¿qué dice Dios de mí?

 

Hay otra manera de ingresar a esa habitación donde secretamente tú solo moras: “Cierra la puerta y entra a tu habitación y habla a tu Padre que están en lo secreto y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará.” San Ambrosio intepretando este texto dice: Dios mora en el fondo del alma: nosotros tenemos que buscarlo ahí.

 

Justamente, en su libro “Las Moradas”, es lo que plantea Santa Teresa, que la vida interior no es ir hacia afuera, sino ir hacia adentro. E ir pasando esas moradas es todo un programa de vida interior, pasar de las moradas exteriores a las interiores, para llegar a las moradas séptimas, donde secretamente solo moras, como decía San Juan de la Cruz. Es lo que debemos alcanzar.

 

Es el Espíritu Santo el que allí vive, en el fondo del alma. Por eso dice:

“¡Oh Llama de Amor viva,

que tiernamente hieres

de mi alma en el más profundo centro!

Pues ya no eres esquiva,

acaba ya, si quieres;

¡rompe la tela de este dulce encuentro!”

 

Cuando logremos esto, más estaremos con Dios, más lo amaremos y menos nos importará lo que digan todos los demás, porque lo único que nos va a importar en este mundo es amar a Dios; entonces tendremos un mejor lugar en la eternidad.

 

Tenemos que pedirle todo esto a la Santísima Virgen, maestra de la vida interior. Que nos ayude a tener una vida interior seria, una vida interior que de verdad se preocupe por agradar a Dios. Que no nos interesen las cosas externas, que nos interese solamente crecer en el amor a Dios, que nos interese solamente morar donde el Señor vive, que es en lo más íntimo de nuestro corazón. Y así, haciendo lo que el Señor quiere, entonces el Señor cada día nos llevará a una intimidad más profunda con Él, lo que solamente da a sus amigos, los santos.

 

El Señor quiera hacernos santos, lo que de hecho quiere y hará siempre y cuando nosotros vivamos en Él. Dios no solo quiere que nos salvemos, si no que además seamos grandes santos en este mundo; para que le demos a Dios el mayor honor y gloria posibles.


 
 
 

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