La Santidad Ordinaria Según Fray Arintero
- Guadalupe Montenegro Camacho

- 15 jul
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Evitar el pecado y conservar la gracia son apenas el comienzo de la vida cristiana; es necesario cooperar con ella para que produzca todos sus frutos.

Por Guadalupe Montenegro Camacho.
Nacido en 1860 en las montañas de León, Fray Juan González Arintero, O.P., fue un dominico singular, pues comenzó su formación en las ciencias naturales antes de dedicarse a la teología y a la dirección espiritual. Aquella formación científica dejó una huella profunda en su manera de comprender la vida cristiana, a la que describía como un organismo vivo llamado a crecer y desarrollarse. Desde esta perspectiva, dedicó gran parte de su obra a recordar una verdad frecuentemente olvidada: que la santidad no es patrimonio de unos pocos, sino la vocación propia de todo bautizado.
Para el P. Arintero no existían diversas "místicas". Reconocía una sola: la que brota del Evangelio, que en Nuestro Señor Jesucristo se manifestó de manera perfecta y que sigue siendo enseñada cada día por el Espíritu Santo en el corazón de los fieles.
Con frecuencia se asocia la santidad con carismas extraordinarios, rigurosas prácticas ascéticas, vidas moralmente impecables o manifestaciones sobrenaturales como los milagros. Sin embargo, esta visión corre el riesgo de reducir la vida espiritual a aquello que resulta excepcional, olvidando que la obra más profunda de Dios suele realizarse silenciosamente en el interior del alma.
La santidad ordinaria consiste en el crecimiento de la vida divina hasta su plena madurez. Lejos de ser una forma menor de vida cristiana, es la expresión plena de la fecundidad de la gracia. Nada tiene de ordinaria, salvo el hecho admirable de que Dios la ofrece a todos los bautizados.
Para Arintero, todo comienza con la gracia santificante. En ella comienza ya la vida eterna; Cristo empieza a formarse en el alma y la Santísima Trinidad establece su morada en el corazón del creyente. El bautizado deja de ser únicamente criatura para convertirse en hijo de Dios, portador de una dignidad que supera toda medida humana.
La gracia santificante no es una realidad estática. Una vez recibida, tiende a desarrollarse y a transformar progresivamente toda la vida del cristiano. Como un germen vivo depositado por Dios en el alma, lleva en sí misma un dinamismo interior que la impulsa hacia su plenitud. De ahí que la vida espiritual no sea otra cosa que la realización progresiva de esta nueva condición filial, por la que el creyente aprende a vivir cada vez más como hijo de Dios.
Las primeras manifestaciones visibles de esta vida divina son las virtudes sobrenaturales. Entre ellas ocupan el lugar principal las virtudes teologales: la fe, por la que conocemos a Dios y asentimos a su verdad; la esperanza, por la que confiamos en sus promesas y aspiramos a la vida eterna; y la caridad, por la que amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por amor suyo. Estas virtudes no son fruto exclusivo del esfuerzo humano, sino virtudes infundidas por Dios que elevan nuestras facultades y nos permiten vivir como verdaderos hijos suyos.
Junto a ellas aparecen las virtudes morales infusas, que ordenan la vida concreta del cristiano. La prudencia ilumina nuestras decisiones; la justicia nos mueve a dar a Dios y al prójimo lo que les corresponde; la fortaleza nos sostiene en las dificultades; y la templanza modera nuestros deseos. De este modo, la gracia no permanece encerrada en la intimidad del alma, sino que alcanza el pensamiento, los afectos, las decisiones y las acciones cotidianas.

Sin embargo, Arintero observa que Dios no se limita a fortalecernos mediante las virtudes. El Espíritu Santo, que habita en el alma en gracia, viene también en auxilio de nuestra debilidad mediante sus dones. Si las virtudes nos capacitan para obrar sobrenaturalmente según el modo humano, los dones nos vuelven dóciles a las inspiraciones divinas y nos permiten seguir con mayor prontitud los movimientos de la gracia. Gracias a ellos, el cristiano aprende poco a poco a dejarse conducir por Dios, como una vela que se abre al viento.
De la acción conjunta de las virtudes y de los dones brotan los frutos del Espíritu Santo. La tradición cristiana enumera entre ellos la caridad, el gozo, la paz, la paciencia, la benignidad, la bondad, la mansedumbre, la continencia y la castidad. No son fenómenos extraordinarios ni privilegios; son los signos visibles de una vida interior que ha comenzado a dar muestras de su desarrollo. Allí donde la gracia crece, las virtudes se fortalecen y los dones encuentran docilidad, terminan apareciendo necesariamente estos frutos de santidad.
Por ello, la vida cristiana está llamada a una transformación cada vez más profunda. El Concilio de Trento enseñaba que los fieles, una vez justificados, «caminando de virtud en virtud», son renovados cada día y crecen en la justicia recibida por la gracia de Cristo. La santidad, por tanto, no se reduce a custodiar pasivamente un don recibido, sino que exige cooperar con él para que alcance toda su riqueza. La gracia derramada en el Bautismo actúa como una fuente de vida divina destinada a desarrollarse: primero mediante el ejercicio de las virtudes, después bajo la acción cada vez más intensa de los dones del Espíritu Santo, hasta transformar progresivamente al creyente según la imagen de Jesucristo.
Cuando la vida sobrenatural comienza a reflejar con claridad los rasgos de Cristo, aparecen las bienaventuranzas, que representan la expresión más acabada de una existencia plenamente renovada por Dios. La pobreza de espíritu manifiesta el desprendimiento de todo aquello que no conduce al Señor; la mansedumbre revela la paz de un corazón ya pacificado por la gracia; el hambre y sed de justicia expresan el deseo ardiente de cumplir la voluntad divina; la misericordia, la pureza de corazón y el espíritu de paz muestran el rostro de un alma cada vez más configurada con Cristo. Ya no se trata solamente del esfuerzo humano por practicar las virtudes, sino de una vida dócil a las inspiraciones divinas, que aprende a obrar según un modo más alto, más sobrenatural y más conforme al Evangelio.
Las bienaventuranzas constituyen, por tanto, la meta natural de ese crecimiento sobrenatural iniciado en el Bautismo. Hemos recibido un precioso germen de vida divina llamado a desarrollarse hasta que Cristo quede plenamente formado en nosotros. Resistirse a este despliegue de la gracia o contentarse con una vida espiritual mínima equivale, en cierto modo, a dejar enterrado el talento recibido. Evitar el pecado y conservar la gracia son apenas el comienzo de la vida cristiana; es necesario cooperar con ella para que produzca todos sus frutos. La santidad aparece entonces como lo que siempre estuvo llamada a ser: la obra plena de la gracia en el alma, hasta que Cristo quede perfectamente formado en nosotros y la vida eterna, iniciada ya en el corazón del creyente, alcance su consumación en la gloria.





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