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El más Bello y Magnífico de los Dones de Dios

¡Qué grande es el bautismo y qué poco apreciado! Es verdaderamente lamentable que haya padres que no se apresuren a procurar esta gracia para sus hijos.



Por P. Daniel Heenan, FSSP


En la temporada de Pascua, el bautismo ocupa un lugar muy importante. En este tiempo, en lugar del Asperges antes de la Misa cantada los domingos, cantamos el Vidi Aquam, tomado del libro de Ezequiel, de su visión del agua que brota del lado derecho del templo y llena el valle.


Dice Dom Guéranger:


«El agua que el profeta vio salir del lado derecho del templo es figura del agua que brotó del costado de Jesucristo en la cruz. Esta agua es símbolo del Bautismo que nos ha sido dado por los méritos de la Pasión del Salvador. Los fieles son rociados con esta agua bendita para recordarles la gracia que han recibido y la obligación de conservarla. Todo aquel a quien llega esta agua recibe la vida, porque representa la gracia que Jesucristo ha merecido para nosotros.»


La Iglesia tiene muy presentes en esta temporada a los recién bautizados y quiere también que todos los cristianos reflexionemos sobre nuestro bautismo para comprender mejor lo que significa para nuestras vidas.


Dice el cardenal Schuster en su comentario:


«El Vidi aquam es un canto esencialmente bautismal, propio del tiempo pascual, cuando la Iglesia celebra el triunfo de Cristo y la regeneración de los fieles. El templo del cual brota el agua es figura de Cristo; y también de la Iglesia, que de Él recibe la vida y la comunica a las almas. El rito de la aspersión dominical no es una simple ceremonia, sino un recuerdo vivo del Bautismo, que purifica y santifica continuamente a los fieles.»


Gracias a Dios, en la parroquia ha habido y habrá más bautismos de bebés. Cada uno de nosotros debe reflexionar también sobre la importancia de su propio bautismo, para vivir mejor las gracias que seguimos recibiendo por haber sido adoptados como hijos de Dios.


San Vicente Ferrer hacía cada año una peregrinación, en el aniversario de su bautismo, al lugar donde fue bautizado, para dar gracias a Dios por ese don tan singular. Sin necesidad de viajar, también nosotros podemos cultivar una devoción semejante.


Dice san Gregorio Nacianceno:


«El Bautismo es el más bello y magnífico de los dones de Dios… lo llamamos don, gracia, unción, iluminación, vestidura de incorruptibilidad.»


Ante todo, debemos recordar que el bautismo nos salva de la culpa del pecado. La mayoría de nosotros lo hemos recibido siendo bebés y por eso nos liberó del pecado original; pero conviene recordar que el bautismo es capaz de remitir todo pecado y toda culpa, de tal manera que quien es bautizado después de una larga vida de pecado, no tiene que hacer penitencia por los pecados cometidos antes: toda la deuda queda borrada.


El pecado original privó a todo el linaje de Adán del privilegio de vivir en amistad con Dios. Cristo nos salvó de esa condena y el poder de su sacrificio en la cruz se aplica a las almas cuando reciben el bautismo. Tan precioso es este don, que Dios lo ofrece a las almas a través de sus padres cuando aún son incapaces de elegirlo por sí mismas, así como los padres dan alimento y otros bienes a sus hijos antes de que puedan entender lo que les conviene.


Por eso, cuando un bebé muere después del bautismo y antes de alcanzar la edad de razón, tenemos certeza de que esa alma ha alcanzado el cielo. Al mismo tiempo, la Iglesia advierte que quien ha sido bautizado debe vigilar para conservar la pureza y la gracia recibidas. Mejor morir que perder la inocencia bautismal. Pero, ¿cuántas veces hemos pecado y despreciado este don?


Junto con el perdón de los pecados, recibimos en el bautismo las virtudes teologales y los dones del Espíritu Santo. Aunque requieren el uso de razón para ejercitarse plenamente, la capacidad está ya presente porque estos dones acompañan siempre a la gracia santificante. El bautismo imprime además en el alma un carácter indeleble, una marca que la destina para el cielo. Aun en el caso de quien se condena, este carácter permanece para su mayor vergüenza y sufrimiento en el infierno, como testimonio de la gracia recibida pero luego rechazada.


La persona bautizada se convierte en hijo adoptivo de Dios: lo que Cristo es por naturaleza, nosotros lo somos por gracia. Antes éramos hijos de ira, pero por el bautismo todo cambia radicalmente. El bautismo es también la puerta a los demás sacramentos: nadie puede recibir la gracia si no renace del agua y del Espíritu Santo. Y después, como heredero del cielo, el cristiano es capacitado para crecer constantemente en el amor de Dios mediante la gracia santificante.


¡Qué grande es el bautismo, y qué poco apreciado! Es verdaderamente lamentable que haya padres que no se apresuren a procurar esta gracia para sus hijos, esperando semanas, meses o incluso años, dando más importancia a la fiesta que a la gracia de Dios. Que Dios les conceda misericordia.


Y también es doloroso reconocer que, aunque en el bautismo los padres y padrinos prometen delante de Dios formar cristianamente al niño, muchos —si es que lo bautizan— lo hacen más por compromiso y luego no procuran su formación ni dan ejemplo de vida cristiana.


Hagamos todos el propósito de vivir mejor nuestro bautismo, valorando su poder y aprovechando sus dones.


 
 
 

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